Casa de Esteban y Lucía

Casa de Esteban y Lucía

Tras mi salida en estampida de aquel piso enorme, ya vacío sin la pulcritud y ese amor correspondido y leal que alguna vez abordaba asaltante toda instancia y rincón del habitáculo en cuestión, aguardé en la puerta misma aguantando la respiración por si acaso Esteban o yo misma decidía abrir para encontrarse con el otro; para hablar y tratar de poner orden a esta novela sórdida que se había convertido en nuestras vidas. No lo hizo, claro que no. Ni yo tampoco. Lloré sin contención ninguna cada peldaño que me llevaba sin retorno al universo de terrazas y canciones ligeras que se habían implantado en las calles de la ciudad. Estando ya fuera del edificio, y como supongo que es inevitable en estos casos, miré hacia la ventana principal de la casa donde también un inevitable Esteban veía como su amiga, su apoyo en estos momentos, lo miraba envuelta en miedo y con el negro del lápiz de ojos corriendo por sus mejillas.

-¡Fioretta, vuelve!-Ex clamó en un instante en que abrió la ventana.

Yo seguí quieta, contemplando la escena como todos los viandantes. Estaba dando vida a una de esas escenas dantescas que tanto impresionan y humanizan las ciudades. Sí, ese momento glorioso ganador de un óscar a pie de calle que toda persona vive por lo menos una vez en su vida. Momentos trágicos en la mayoría de los casos, aunque también los hay dulces y cómicos claro está. Pero los buenos, los auténticos de verdad, los que hacen que tus conciudadanos sigan su camino preguntándose qué habrá sido de ti y de tu momento de película son desafortunadamente los dramáticos. Hay gente que se avergüenza, que huye de ser escuchado. Particularmente, creo que es inútil tratar de evadir la realidad y mucho menos el destino de un hombre.

No volví. Jamás me había costado tanto seguir caminando erguida como si realmente estuviera convencida de no querer retroceder. Había besado a Esteban no una sino dos veces. Un beso corto y robado la primera vez y otro diría que deseado por los dos antes de marcharme. Decid de mí lo que queráis, que soy una enferma egoísta, que no tengo corazón, que estoy loca de remate, pero hubiese besado también a Lola si fuese ella quien me hubiera contado que se habían acostado. Es cierto que la ira te lleva a los estados más bajos de la pasión, pero no lo es menos que son esas instancias las que consiguen apartarte del verdadero peso de la sociedad.

En mi mente, solo imágenes de una Lola y un Esteban haciendo el amor. Recortes de un polvo inimaginable y furtivo. La pantalla de mi teléfono se iluminó de pronto y empezó a sonar como si quisiera perforarme el tímpano.

-¿Sí? –Contesté.

– ¡Qué alegría tan tonta me produce escucharte Fioretta?, ¿Puedes hablar?, ¿Cómo van las cosas?-Me interrogaba una voz nasal al otro lado del teléfono.

-¿Lucía, eres tú? Te escucho fatal –mentí.

-Claro que soy yo, tía. Es que te llamo desde un teléfono público. Estoy en Polonia pero salgo mañana mismo para Hungría. Quiero ver Budapest antes de volver con vosotros. ¿Sabes algo de Esteban? Me juré mil veces que no preguntaría, que asumiría mi papel hasta las últimas consecuencias, pero no he podido. Fui esta mañana al médico y me lo han confirmado…tendremos una niña- decía emocionada-Estaré de nuevo con vosotros pronto, muy pronto. Ahora más que nunca estoy segura de que nunca hice algo tan bien como irme.

– Qué buena noticia lo de la niña, era lo que queríais…Lucía, no me malinterpretes, me alegra mucho poder escucharte pero a decir verdad no me pillas en un buen momento…-dije tartamudeando ligeramente.

-¿Puedes decirme algo de Esteban antes de colgar? –me preguntó casi exigiendo-

-Pues que ojala y me hubieses llamado hace más o menos una hora, de haberlo hecho hubieras podido hablar con él. Nos hemos visto en vuestra casa. Todo está un poco confuso, tu marcha como es lógico ha cambiado un poco el rumbo de las cosas, pero tranquila. Todo está bien. Él te quiere mucho, de eso puedes estar segura. Disfruta de tus vacaciones y vuelve cuando quieras, aquí estaremos Luci.

Colgué. Esas fueron mis últimas palabras antes de devolver de nuevo el móvil a mi bolso. Tal vez debí edulcorar mucho más el estado de las cosas o quizá tendría que haberle dicho todo lo que pasaba. Desde el polvo con Lola hasta mis besos con lengua en el sofá del que había sido su apartamento. Opté por el camino del medio, por hacer caso a eso que dicen que “en el centro está la virtud”, porque una cobardía inaudita se apoderó de mí.

Rumiando mis desastres fui llegando a Chueca. Llamé a Mike y quedamos en la plaza. Allí me esperó con su chupa de poli piel color marrón y un fular cámel al cuello. Yo, todavía envuelta en mi vestido de fiesta y pelo de peluquería que me había enfundado para mi particular lectura de la carta que Lucía me había mandado en un sobre de color amarillo me reuní con mi mejor amigo, el que nunca me había fallado, sin esconder ni un ápice la sombra de lo que verdaderamente era. El confundió mi especie de resaca unida a los restregones de rímel y maquillaje de mi cara con la huella irrefutable de un orgasmo perceptible. Me suplicó varias veces que le contara. Lo hice.

-Lucía se ha largado y me he besado con Esteban –dije.

-Si no fuera porque no me miras a los ojos pensaría que te lo estás inventando. ¿Pero tú no estabas en casa de un chico? –Me dijo abrazándome muy fuerte.

-Te lo dije porque quería desviar el verdadero quid de la cuestión. El asunto que ha trastocado nuestras existencias hasta volvernos majaretas.

Le conté toda la verdad. Que Lucía se había ido dejando en su lugar una nota en el cuarto de baño desde el que hablé con él hacía un rato justo antes de besar a Esteban al enterarme de que él y mi amiga Lola se habían liado.

Para mi sorpresa, un Mike frío y esclarecedor me dijo que no había de que preocuparse. A su juicio, muchas veces las personas no saben sobrellevar las alegrías, no aceptan su presente, y necesitan machacarse para encontrarse justo en el mismo punto del que trataron de escapar. Que nuestros amigos estaban esperando una niña muy deseada y que su relación se recompondría aunque para ello tuviesen que mediar siglos, no le cabía duda alguna. Que Lola siempre estaría dispuesta a echar una canita al aire con cualquier hombre destrozado o dispuesta a destrozarla a ella que se encontrase da igual donde, era para él otra verdad universal y que yo soy una loca de cuidado que no sabe cuando esquivará la piedra que le hace tropezar cientos de veces era igualmente cierto. El deseo, decía, es lo único que mueve el mundo. Y  todos nosotros estamos demasiado sanos como para no llamar a su puerta. Me limpió un poco la cara emborronada como hacen las abuelas con un pañuelo de papel y trató de peinarme con las manos.

-Nunca te lo he dicho, pero me encanta la forma que tienes de contar tus miserias. Te pones de un sexy que estás para comerte –me dijo muy flojito.

Nos dirigimos hacia la calle Prim y entramos a tomarnos algo a uno de nuestros garitos favoritos, cuando ya nos sentamos por fin empecé a pensar (no sé si con razón o sin ella) que tal vez Mike tenía razón, y que la vida hay que interpretarla tal y como es.

Mi pensamiento trágico y desbordante de un negativismo literario casi caucásico en ese instante cambió y comencé a ver mi extraña realidad como el que se sienta en el cine a disfrutar de una comedia ligera. Y es que La Vida es un misterio indescifrable, y para algunos eso debería ser siempre así. Principio inmutable, clave de tantas otras muchas cosas. Salida de emergencia, pastilla contra la rutina, tiro en la sien a lo obsoleto, a lo que se necesita pero no se quiere, al deber sentirte mal cuando en realidad estás pletórico.

Quise llamar a Carlos e invitarle con nosotros a tomar una copa.

Esto me recordó a ese poema tan bonito que leí hace años cuando todavía no les conocía. Se llama el amor después del amor, y dice así:

El tiempo vendrá
cuando, con gran alegría,
tú saludarás al tú mismo que llega
a tu puerta, en tu espejo,
y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,
y dirá, siéntate aquí. Come.
Seguirás amando al extraño que fue tú mismo.
Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor
a ti mismo, al extraño que te amó
toda tu vida, a quien no has conocido
para conocer a otro corazón,
que te conoce de memoria.
Recoge las cartas del escritorio,
las fotografías, las desesperadas líneas,
despega tu imagen del espejo.
Siéntate. Celebra tu vida.

Así lo hice, sin consultarlo tan si quiera con esa Fioretta que unas horas más tarde podría amanecer arrepentida. Él aceptó con su voz profunda y ronca, esa que siempre le convierte en mis fantasías en un miembro que encabezaba la generación del jazz.

Brindando por lo perdido, por aquello que hallaremos,por una melodía cálida.Porque las leyes que dominan el universo están cargadas de simbología, yo le esperé sentada y con tacones disfrutando de la primavera en mi Madrid favorito.

Manhattan

Cerré la carta tan fuertemente que por un instante pensé que me había fracturado varios dedos al hacerlo. Me quedé quieta, petrificada, con las manos pegadas a ese sobre color amarillo como por una fuerza suprema. Eran las ocho de la tarde y todavía era de día, lucía el sol en la calle Goya y yo deseaba incansablemente que diluviase; que tronase con furia para poder salir a la calle y fundirme con el agua. Calarme de arriba abajo y pasear como si nada. Necesitaba que algún excentricismo viniese a mi búsqueda como alma que lleva el diablo. No obstante una luz blanquecina iluminaba la barra del bar donde me hallaba sentada. Apuré de un sorbo la copa y pedí otra exactamente igual. Estaba sola, muchísimo. Era la soledad más cuantificable a la que me había tocado enfrentarme. A la soledad de un sábado por la tarde en el centro de Madrid. Rodeada de risas y grupos de gente. Preguntándome si era necesario toda aquella liturgia de beber una copa ataviada con mis mejores galas y pintada como una puerta para que de golpe ese momento adquiriese per se un sentido que no tenía. La respuesta, la mía, la de aquel momento fue un rotundo sí. Las situaciones novelescas alcanzan a menudo un estado tan  irreconciliable con la realidad que de pura fuerza me sobrecogen.

Siempre me había dado tremenda vergüenza beber en público si estaba sola. No hablo de esa bebida que pides mientras llega tu cita, si no que me refiero a que tu cita seas tú y tu pelo de peluquería. Deseé aparentar soberbia y lejanía pero creo que no era nada más allá de una mujer fría y solitaria. En un momento de bajón reconozco haber sacado el teléfono del bolso y haber fingido poder hablar de lo que me ocurría con la propia Lucía, supongo que para sentirme acompañada y también por aquello de que las cosas parecen más sensatas cuando las expresas en voz alta:

“¿Qué tal Lucía? (dije como esperando un rato a escuchar su respuesta)… me alegra oírte tan bien. He recibido tu carta y quería que supieras que me parece una putada tremenda (otra vez aguardé mientras pensaba qué era lo que iba a decir en aquel extraño monólogo)…eres una cobarde y una estúpida (dije subiendo un poco más de lo debido el tono de mi voz)…no te atrevas a replicarme porque te mereces cosas tan malas que no pienso ni nombrarlas. ¿Sabes dónde me encuentro por tu culpa? En un bar sola con las palabras de tu carta retumbando por mi cabeza. ¿Qué tienes miedo?, ¿Qué nos extrañas?, ¿Qué quieres tanto a tu novio que no puedes dejar de llorar? … eres una loca de remate, eso es lo que te pasa. ¿Pretendes que le explique yo todo esto a Esteban? No señorita, por ahí sí que no paso. Lo siento mucho pero lo único que voy a hacer al respecto es darle por entero esta carta que parece chillar dentro de mi bolso. Voy a acabar esta segunda copa y voy a llamar en seguida a tu novio para que sea él solito quien descubra los motivos y que así al menos de este modo tenga noticias tuyas. De tu letra gigantesca y de tus propios tachones (silencio). Te agradezco que me des consentimiento porque jamás podría deliberadamente dar a conocer algo tan íntimo como lo es la correspondencia entre unas amigas. Sabía que me comprenderías. Lee Luci, lee mucho. Estoy segura de que a Florencia le encantará escucharte”

Pagué por mis dos cócteles  y salí del local con la esperanza de que alguien, aunque fuese solo una persona, hubiese sido testigo de mi conversación. Hay momentos tan vibrantes que lo son un poco más al ser presenciados.

Emprendí mi camino hacia casa de Esteban sin haberlo llamado primeramente. Me la jugué. De no haber estado me hubiese ido con Lola a cualquier otra parte. Herman Hesse escribió en Deminan que “La vida de todo hombre es un camino hacia sí mismo, la tentativa de un camino, la huella de un sendero. Ningún hombre ha sido nunca por completo él mismo; pero todos aspiran a llegar a serlo, oscuramente unos, más claramente otros, cada uno como puede. Todos llevan consigo, hasta el fin, viscosidades y cáscaras de huevo de un mundo primordial. Alguno no llega jamás a ser hombre, y sigue siendo rana, ardilla u hormiga. Otro es hombre de medio cuerpo arriba, y el resto, pez. Pero cada uno es un impulso de la Naturaleza hacia el hombre. Todos tenemos orígenes comunes: las madres; todos nosotros venimos de la misma sima, pero cada uno –tentativa e impulso desde lo hondo- tiende a su propio fin. Podemos comprendernos unos a otros, pero sólo a sí mismo puede interpretarse cada uno”. Así que con un reciente calor primaveral avancé hasta mi destino sin detenerme ni un momento. Toqué al timbre como si quisiera que no me abriese y me puse las gafas de sol para enfrentarme a su portero automático por si por casualidad Esteban estuviera en su domicilio. Me abrió sin descolgar el auricular y he de reconocer que es un gesto que siempre me había exasperado aunque ligeramente. Estaba solo y tenía pinta de cansado. Miré sin todavía quitarme las gafas como se encontraba la casa y no era para nada parecida a ese cliché de telefilme en el que hay platos sin fregar y cajas de pizza desordenando las estancias. Todo estaba perfecto, y seguía oliendo a ambientador de melocotón.

-Hueles a ginebra, ¿Quieres una copa? –Me dijo dándome un abrazo.

-Vale. ¿Esperabas a alguien?

-Qué va. Me termina hace un segundo de llamar Mike para decirme si cenábamos en su casa que tiene muchas ganas de una fiesta y que también iba a llamarte a ti. Este no sabe nada, ¿Verdad?

-No. Al menos no por mi parte, no he querido decirle nada por si a ti no te parecía bien. Estoy llevando este tema con un mutismo tan enorme que empiezo a no poder más –dije sin estar del todo segura de sentir esa sensación- Al fin y al cabo Lucía no te ha dejado, está claro que se ha ido, pero ella te quiere y vais a tener una hija.

-Estás impresionante.¿ A qué viene tal despliegue de efectivos? ¡Si hasta llevas tacón! –Exclamó dejando dos copas en la mesa de la cocina.

Le expliqué que había recibido una carta de su Lucía y que como persona ceremoniosa que soy me había puesto de punta en blanco para ir a leerla al compás de un copazo que me ayudase a asestar mejor el posible golpe. Le abrí mi bolso y una vez de par en par se lo puse delante de sus narices dictando de ese modo mi sentencia con prevaricación absoluta y monstruosa. Él metió la mano y sacó ese sobre con matasellos polaco y cuya remitente se identificaba como “tu Luci”. Me preguntó si aquella misiva era para él y tuve que decirle que no. Que me la había encontrado en el buzón de mi edificio pero que tenía que leerla. Algo dentro de mí me decía que así debía de ser.

Mike me llamó y aproveché para encerrarme en el baño de aquel enorme apartamento para dejar a solas a Esteban con las palabras de su mujer, de su chica, del amor de su vida. Mike ajeno a todo resultaba eufórico.

-Tienes que venirte ahora mismo para Chueca nena que estoy desatado. Por cierto hola –Gritó con una carcajada de las que me erosionan el tímpano.

-Ahora no puedo, tengo una misión, me paso más tarde. Por cierto adiós –Contesté tratando de chillar tanto como él y colgué.

Media décima de segundo después me había vuelto a llamar para que le explicase qué era eso de la misión. Le dije que estaba en casa de un tío tomándome una copa y que no me esperase por Chueca antes de la una.

-¡Oooohhh! ¿No te da vergüenza decirme esto a mí, que mataría ahora mismo por una polla?-me dijo todo indignado- ¡Pero mira que eres auténtica, tía! ¡Olé tú!

-“Porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma” – le dije yo.

– Anda Fioretta, es el monólogo de La Agrado en Todo sobre mi madre, ¿no? ¡Esta noche me lo recitas que hace siglos que no lo haces!

-Está bien, lo haré, pero ahora no me interrumpas que tengo al chico esperando.

Terminé de esperar observando minuciosamente su cuarto de baño. Todavía había cremas y barras de labios. Hice pis. Es algo irremediablemente encantador para mí.  Aproveché mi momento dama en un tocador para cepillarme un poco el pelo. Cuando ya lo hube escuchado dar pasos, toser ligeramente y clilquinear  varias veces los hielos salí hacia el salón.

Lo encontré sereno y no demasiado comunicativo. Devolvió la carta a mi bolso y encendió la televisión. Me habló de su trabajo y de cómo le había ido la semana entre el gimnasio y la vida doméstica. Traté de imaginarme cuáles serían sus conversaciones con Lucía un sábado como ese. Me preguntó si tenía novio y si me gustaría casarme alguna vez. Le dije que no a las dos cosas pero que respecto a la primera era simple y llanamente porque no estaba teniendo del todo suerte con el hombre del que estoy enamorada.

Hacían en la sexta3 Manhattan de Woody Allen y puesto que se trata de una de mis películas favoritas me quedé callada contemplando la escena del inicio de la misma. Esos edificios bárbaros, perfectos de tan grotescos. Me recliné en el sofá como si estuviese sola, disfrutando de la voz en off del protagonista (el propio Woody) contando en voz alta al compás de su sempiterna melodía:

“Capítulo primero. Él adoraba Nueva York. La idolatraba de un modo desproporcionado… no, no, mejor así… Él la sentimentalizaba desmesurádamente… eso es… para él, sin importar la época del año, aquella seguía siendo una ciudad en blanco y negro que latía a los acordes de las melodías de George Gershwin… eh, no, volvamos a empezar… Capítulo primero. Él sentía demasiado románticamente Manhattan. Vibraba con la agitación de las multitudes y del tráfico. Para él, Nueva York era bellas mujeres y hombres que estaban de vuelta de todo… no, tópico, demasiado tópico y superficial. Algo más profundo, a ver… Capítulo primero. Él adoraba Nueva York. Para él, era una metáfora de la decadencia de la cultura contemporánea. La misma falta de integridad que empuja a buscar las salidas fáciles convertía la ciudad de sus sueños en… no, no, no, suena a sermón. Quiero decir que, en fin, tengo que reconocerlo, quiero vender libros… Capítulo primero. Adoraba Nueva York, aunque para él era una metáfora de la decadencia de la cultura contemporánea. Qué difícil era sobrevivir en una sociedad insensibilizada por la droga, la música estrepitosa, la televisión, la delincuencia, la basura… uhm, no, demasiado amargo, no quiero serlo… Capítulo primero. Él era tan duro y romántico como la ciudad a la que amaba. Tras sus gafas de montura negra se agazapaba el vibrante poder sexual de un jaguar… je, esto me encanta… Nueva York  era su ciudad y siempre lo sería.”

-¿Sientes tú lo mismo por Madrid? –le pregunté

-Ya sabes que para mí un lugar no significa nada. No entiendo por qué aferrarse a un clima, a una estación de metro o a una calle o catedral. Todo ello es una mierda si no lo sabes disfrutar, o si te vas a morir o te quedaras sola. ¿Por qué a ti y a Lucía os gusta tanto Madrid?

-Porque es eterna. Porque siempre será cuando nosotros ni si quiera estemos. Porque nos mira a los ojos desafiante y porque siempre, y escúchame bien Esteban, siempre nos hace volver.

-Anoche me acosté con tu amiga Lola

Sin ni si quiera contestarle le di un bofetón. Puede que por celos, puede que por Lucía y Florencia, pero la cuestión es que aquello no estuvo bien hecho.

-Estaba muy jodido, iba camino de tu casa porque necesitaba hablar con alguien y me la encontré en tu portal llorando destrozada por un capullo que no quiere volver a verla y nos fuimos a un bar y de ese bar pues a su casa y …

-¿Desde cuándo se folla por solidaridad? – cuestiné indignada.

-Estoy totalmente arrepentido, no debería de haber pasado pero pasó.No se puede cambiar lo vivido.

Me levanté del sofá, me terminé la copa y le di un beso en la boca por no partírsela de otro tortazo. respiré, cogí impulso, le besé de nuevo y salí de aquel piso excitada, cansada y sintiendo la fragilidad del mundo.

Varsovia, Polonia.

Varsovia, Polonia.

“Querida Fioretta:

¿Qué tal va todo? Ojala y la respuesta sea bien (me gusta pensar que sí) y no haya pasado nada raro desde que dejé Madrid.

¿Recuerdas el miedo que me daba coger el teléfono cuando alguien llamaba tarde porque siempre pensaba que podía estar sucediendo alguna desgracia? Pues últimamente esa sensación vive conmigo pero de manera inversa. Aunque todo este lío de fugarme y desconectar del universo conocido lo he provocado yo misma estoy muy asustada. La no noticia es el precipicio más alto al que me he asomado, me duele y me quema hasta dejarme vacía, si no fuera por Florencia pensaría que estoy enteramente hueca por dentro. Sí Fioretta, ahora es ella, nuestra niña la que me mantiene conectada con la certeza.

Tenéis que saber todos que esta huída no tiene culpables y me encantaría que no pusieras en duda aquella conversación que mantuvimos en tu casa durante una comida donde yo misma te hablé de mis emociones, de lo feliz que me sentía y de lo muchísimo que estaba disfrutando esta etapa. No se cuanta credibilidad puedo tener ahora para vosotros, pero te ruego que intentes creerme. No intento escapar de nadie, solamente de mí misma (lo siento por Mike porque seguro que su primera hipótesis ha sido la de que me he escapado para vivir un amor clandestino), pura y llanamente eso.

Me gustaría contarte tantas cosas que me siento incapaz de empezar. Esteban me diría “prueba por el principio” pero siendo franca siempre he sido bastante desastre. Por más que lo pretenda no sigo ningún hilo, y no estoy por la labor de arrancar un millón de páginas a este cuaderno solo para quedar organizada (sabes lo mucho que me fastidia el malgasto de papel) así que diré  únicamente lo que me vaya saliendo.

Estoy en Varsovia (ni más ni menos) y son algo más de las nueve de la noche. Nieva como no había visto nevar jamás y en la calle todo el mundo va rebozado en unos abrigos que ni aunque lo hubiese pretendido hubiera podido encontrar fácilmente en Madrid. Estoy aquí desde que emprendí esta especie de viaje y la verdad que encantada. Mañana tengo un tren muy temprano para Cracovia, aquí todo el mundo habla de esa ciudad como si se tratase de un paraíso con lo que tengo unas ganas enormes de conocerla, además, tengo entendido que podré visitar Auswitz (un campo de concentración nazi) y aunque me han advertido de la dureza del lugar finalmente he decidido ir por solidaridad con este país tan fascinante y también por tratar de aproximarme a ese pasado tan cercano e imposible de olvidar.

Llegué hasta aquí sin pretenderlo pero como habrás notado he tenido mucha suerte. La comida es riquísima y la gente a la que he conocido es muy hospitalaria. Estoy en un hotel en el stare miasto (casco histórico en castellano) el cual fue destrozado durante la invasión de Polonia y reconstruido finalmente meticulosamente por el pueblo polaco tras el asedio utilizando incluso los mismos materiales, elementos decorativos…para dejarlo todo como lo estaba originalmente. Es una pena que no pueda tomar alcohol ya que ayer por la noche cené con una pareja holandesa que conocí en el aeropuerto el día en que llegué y se pusieron hasta arriba de un vodka baratísimo y que se bebe solo.

Creo que Florencia también está muy alegre por la experiencia, el embarazo no me está costando nada. Apenas me siento cansada ni cuando ando durante horas.

No creas que trato de esquivar el tema, es solo que no sé  muy bien cómo abordarlo. ¿Te parece bien a boca jarro? Creo que no hay otra manera:

¿Te has visto con Esteban?(espero que sí principalmente para que no pienses que me he vuelto majareta y comprendas el significado de esta carta en caso de que tenga alguno), ¿Cómo está? , ¿Me ha perdonado ya? ¡Oh, por lo que más quiera que lo haga pronto! No sé cómo, pero seguro que él encuentra la manera.

¡Pobrecito! Me lo imagino tan indefenso y triste que hay ratos en los que no logro dejar de llorar. Creo que sufrirá por mí pero también sé que su hija era lo que más feliz le hacía de este mundo. Te parecerá una idiotez incomprobable pero te doy mi palabra que si hubiese podido metérsela en su vientre lo hubiese hecho por más dolor que me causara, no se merece estar tan lejos de ella. Nadie se merece algo así.

Le echo mucho de menos Fioretta. Una barbaridad. Estoy segura de que dentro de lo extraño de las circunstancias él estará bien (a veces ganan las ganas). Le estaréis arropando mucho Mike y tú. Le conoces, para él es muy duro pedir ayuda así que insístele tanto como seas capaz de hacerlo.

Te sonará tonto pero desde que me subí al avión en Barajas he empezado a ser más consciente del nacimiento de mi hija. A ver, obviamente lo he sido siempre pero creo que el encontrarme sola sin vosotros, sin mi familia y sin Esteban me ha obligado a centrarme más en ello. A meditar sobre la vida y sobre lo que implica ser madre y arriesgándome a que vomites mi carta amarilla por la cursilería que voy a soltar no pienso frenarme, es algo MILAGROSO.

Durante estas semanas he engordado dos kilos, todo me apetece mucho más y estoy hipersensible. No creas que lo digo con disgusto ni tan si quiera con molestias. Al revés, estoy encantada. No puedo prever el devenir de los acontecimientos, pero deseo seguir tan fuerte como hasta ahora.

¿Te acuerdas de la mañana en que comimos juntas en tu casa? Yo sí, ¿cómo podría olvidarla? Ese fue cariño como dicen por ahí el primer día del resto de mi vida. Me acuerdo de tu mantel color turquesa y de tu vestido negro con ribetes amarillos. El arroz estaba tan rico que casi me entraron ganas de llorar con la primera cucharada. Tú no te diste cuenta (o sí) pero para cuando terminé el plato todo había cambiado. Me hablaste de amor, de tu amor por ese chico sin nombre y de lo mucho que te gusta hacer el amor con él. De su pelo ondulado y sus ojitos pequeños. Cuánto me sorprendió escucharte así, verte relatando una historia inconexa repleta de sentimientos y lugares. Parecías otra, la mejor que había visto hasta el momento.

Bebimos ese estúpido mosto paladeando cada segundo de nosotras mismas, observándonos. Me preguntaste si era feliz centrándote en mis ojos, como tratando de pillarme en una mentira, buscando en lo de dentro, en lo que pocas veces las personas sacamos al exterior. Te dije la verdad. Mi verdad. Lo contenta que estoy desde que cambié en el modo de vivir. Me hablaste de literatura, nunca puedes esconder el coraje que te da que no me guste leer.” No es algo de lo que esté especialmente orgullosa pero al menos tengo el valor de decirlo” (te dije). “No confundas la valentía con la confianza” (Contestaste rotunda). Estabas rabiosa, lo estabas; no digas que no porque sí que lo estabas. Ese fue el momento Fioretta. Tu vestido negro de ribetes amarillos pasó a inundar toda la habitación. Cogiste mi mano derecha y me la giraste hasta poner el dorso boca arriba. Rociaste mi muñeca con unas gotas de Dolce vita, tu perfume  por excelencia y me lo diste a oler a pesar de saber exactamente como olía.

-¿A que huele, Lucía? –preguntaste casi susurrando.

-A noche –te dije- Y a ti –pero esto último ya no sé si lo escuchaste.

Empezamos (empezaste) a discutir con calma, pausadamente; recreándonos también en las palabras que usábamos. ¡Qué felicidad tan absurda! Estábamos pletóricas, incluso arrogantes. El tema central de la conversación era Lo desconocido. Tú defendías que era prácticamente imposible ponerle un nombre a todo. Te resultaba no solo superficial si no también ineficaz que yo pensase que si ese era tu perfume de cabecera, por encima de cualquier otro era porque también simbolizaba algo para ti. Tal vez no era noche, ni día, ni nada que se le pareciera pero estaba totalmente segura que si era el tuyo tenía que ser por algo.

Por supuesto tú decías que no. Que la atracción por alguien o algo era mucho más que eso. No había hueco para el auto reflejo en la pasión. Yo discrepaba. Entendía lo que decías y posiblemente hasta estuviera de acuerdo, pero era ya tal mi enajenación que no quería ver lo que sin embargo hoy veo y te cuento sin remordimientos.

En un acto de nota de autoridad, de intento por tu parte de refrendar la teoría que con tanta vehemencia defendías sacaste del cajón de tu escritorio un libro de Oscar Wild (De profundis concretamente) y leíste de pié junto a la mesa en la que habíamos comido en abundancia:

“Señala hoy la gente hacia la cárcel de Reading, y dice: “Ahí es donde le lleva a uno la vida de artista”. Bien; pero podía llevarles a sitios peores aún. El vulgo, esos para quienes la vida es una especie de diestra especulación, fruto de un cálculo cuidadoso de posibilidades, siempre saben adónde van, y derechamente van hacia su objeto. Se proponen como fin ideal, llegar a ser mayordomo de cofradía, y lo consiguen, efectivamente, cualquiera que sea la situación en que hayan sido colocados. Y eso es todo. Y aquel que aspira a ser algo exterior a sí mismo, diputado en el Parlamento, opulento negociante, letrado eminente, o cualquier otra cosa tan aburrida cono las enunciadas, siempre ve sus esfuerzos coronados por el éxito. Y es este su castigo. Quien ansía una careta, no tiene más remedio que usarla.”

Pues bien, a partir de ese momento todo lo demás me resulta borroso. Supongo que te sorprenderá que haya citado tan a la perfección ese fragmento que tú tan solo me leíste con tu voz suave y ceremoniosa, pero es que lo primero que hice al salir de tu casa y coger un taxi fue comprarlo. No sabía si para leerlo (de hecho aún no lo he hecho) o solamente para tenerlo, como quien compra una pistola sin saber si algún día tendrá el valor de disparar con ella. Busqué ese párrafo con ahínco y sin pensar lo que leía para subrayarlo y cerrarlo de nuevo. Después ya todo en mí fue una huída.

Huída de la realidad, de mi mente y huída de mi casa. De vuestras vidas, de lo que más quiero. Traté de frenarme, de pisar con fuerza el suelo pero no hubo manera. Ni mi amor por Esteban fue capaz de retenerme. Tengo que encontrar razones. Muchas. Necesito saber a qué huele el mundo, por qué te gusta tanto el color morado y por qué soy una persona tan afortunada.

Gracias Fioretta, sin ti nada de esto hubiera sido posible. Te llevamos con nosotras en cada paso.

Espero verte pronto y disfrutar nuevamente comiendo y charlando.

Tu Luci.

Pd: Tendrías que ver Polonia, por más que estés en desacuerdo con mis definiciones innombrables es muy tú.”

Mi Formentera

Mi Formentera

Alguien a quien adoro me dijo hace poco que la madurez la había sorprendido sin traer consigo ese montón de cosas positivas que tanto ansiábamos años atrás y que al fin y al cabo eran la recompensa a ese alto precio que las personas pagamos al volvernos sensatas, responsables de nuestros actos, al entrar en consciencia con nuestra vida real. Pues todo eso que ella contaba con sus gafas de sol y ya sin su cigarrillo en la mano es exactamente lo que me ha pasado a mí también. A mis treinta (ya camino de treinta y uno) años y con innumerables palos a mis espaldas, todavía soy incapaz de afrontar una nueva situación con naturalidad, sin la necesidad exasperante de que el mundo se pare hasta que consiga recuperar el aliento.

Pero como las cosas no son siempre (afortunadamente) lo que parecen si no que a menudo las ideas más gigantescas y significantes se sustentan sobre irrealidades, termino sin saber cómo explicármelo almacenando en mi cerebro ideas tan absurdas como que Lucía, nuestra Luci, se ha ido de casa, embarazada de casi tres meses y despidiéndose con una nota nada esclarecedora en la que no transmite ni a dónde ni el verdadero porqué.

Es cierto que nunca seré recordada por mi brillantez ni por mis dotes observadores pero tras leer aquella carta de despedida y abrazarme muy fuerte a Esteban y verlo ahí, sentado en mi mullido sofá color morado con la cabeza perdida entre sus propias rodillas, hipando, angustiado y sobretodo miedoso, entendí que el estar aquí en mi casa, sin mi consentimiento, como con esa orden judicial que te incapacita para oponerte a cualquier registro, a cualquier movimiento, no era nada más que un acto deliberado para ponerme contra las cuerdas. Él quiso venir aquí, al lugar del que su novia salió siendo otra, para tener su culpable, para odiarme por los restos y que en última instancia y tras algún tipo de tortura emocional yo acabase por contarle mi dolorosa y arrancada a pulso confesión. Por aquel empirismo innato que algunas personas llevan impreso en el alma; por eso incluso cuando terminó por creerme, cuando se rindió a la evidencia de mi sorpresa, el abogado que llevaba dentro sé que seguía siguiendo mis reacciones, vigilando mi dolor, mis dudas y mis planteamientos descoordinados en voz alta. Supongo que también esa fuera la razón por la que no se fuera esa noche, para espiarme, para recoger cualquier flaqueza, cualquier gesto imperdonable que me llevase de cabeza a su infierno.

O también puede que ese aura solidaria que cubría mi piso no fuese más que una sospecha mutua. Que esa culpa que yo creía que Esteban veía en mí también la estuviese sintiendo él por mi parte. Es probable que mientras lo abrazaba loca de pensar, él se creyese atacado. Que me diera a leer ese acto tan íntimo de despedida hecha papel solo para exonerarse de un posible juicio de valor en el que él, personaje masculino frío e inteligente, tenía sin duda todas las de perder. Muy posiblemente vino ante mí para mostrar al desnudo su desgarradora pasión, para evitar cualquier atisbo de sospecha evidenciándose sin cesuras como la única víctima de esta situación.

Es más que seguro que ninguno o que los dos estuviésemos pensando lo que trato de contaros, pero de lo que no cabe duda, es que Lucía y Florencia habían roto hasta que no se demostrase lo contrario nuestra imagen modélica de amigos que no se esconden las cosas, que son lo que son hasta las últimas consecuencias.

Como es de imaginar, no pegué ojo en toda la noche. Repasé mentalmente todo lo que hicimos esa última vez que ella y yo nos encontramos. Esa mañana lluviosa en que la invité a comer un arroz al horno a mi casa. Y por más vueltas que le di os juro que no encontré matiz alguno por pequeño que fuese al que poder agarrarme, ni un indicio de huída en ninguna de esas palabras que no sé si verdaderas o no, yo recordaba casi mejor que si las hubiese pronunciado yo misma. Me levanté para ir al baño y escuché que en la tele anunciaban un ridículo aparato alargador de penes y pude ver la figura de Esteban frente a la imagen tan repulsiva como ridícula que demostraba el éxito del artilugio de la teletienda. A decir verdad una cierta alegría (y creo que inadecuada) me llevó a sonreír ante la idea de que probablemente los publicistas de ese tipo de anuncios traten de vender sus mercancías a personas con problemas o borrachos. ¿Nunca os habéis obligado a iros a la cama al ver que se empiezan a anunciar cosas tan extrañas como una maravillosa y estupenda máquina que depila y adelgaza a la vez y de una forma casi milagrosa? Pues bien, mi amigo estaba absorto en su sentimiento de abandono mientras alguien en algún lugar de la tierra prometía alargar su pene por tan sólo 55 euros que se trasformarían en 48 si llamabas ahora ¿Solucionaría eso sus problemas?

Traté de esperarme a que cambiasen de anuncio para irrumpir en el salón y sentarme a su lado, pero ante la persistencia del mismo, opté por toser ligeramente mientras cerraba con relativa fuerza la puerta del baño anunciando mis pasos arrastrando los pies tanto como pude. Le saludé acariciando juguetonamente su pelo desde detrás y salté al sofá con un bostezo.

-Son las tres de la mañana Fioretta, deberías estar dormida que mañana trabajamos –dijo por no decirme lo contrario.

– Si estaba durmiendo como una marmota, lo que pasa es que me he puesto la alarma, no quería por nada del mundo que se me pasase la oportunidad de adquirir el fantástico alargador de penes –Dije tratando de no reírme y poniéndome un poco de vino en una copa de las que tengo en el mueble junto a la tele.

– Joder tía, no hubiese hecho falta que te despertases adrede, si yo mismo compré uno el año pasado, te lo hubiera traído sin problemas – Rió acercándome su copa en señal de que le sirviese otro poquito a él también.

Desde que Lucía y Esteban empezasen a salir no había estado a solas con él ni una sola vez. Creo que esperamos demasiado a que una situación límite arregle o decida por nosotros. Se lo dije. No había hueco en mi copa de vino para los misterios. Estuvo unos segundos callado antes de responder como si quisiera coger impulso para hablar. Finalmente lo hizo. En su opinión él siempre se creyó un actor secundario en nuestras vidas. Esa persona que nunca aporta relevancia a las situaciones, solamente coherencia y algo de luz. Cuando vivíamos juntos evitaba estar a solas con cualquiera de nosotros tres porque se moría de vergüenza, y puede que ese aire de timidez nosotros la entendiésemos como distancia e incluso como un cierto desprecio. Después y con el tiempo (él tenía razón) todos nos abandonamos a la idea del conjunto  y ocupamos sin quererlo esos roles que la sociedad impone y que como tales son dificilísimos de esquivar: Mike era el alma de la casa esa pieza imprescindible y comodín que con todos encaja y a quien todos queríamos por encima del resto. Lucía, era la chica moderna con experiencia en la vida, esa persona que no se escandalizaría nunca, fuerte como una roca y leal hasta morir. Yo, pues una niña valiente que quiere comerse el mundo y divertirse a toda costa. Con la cabeza llena y de libros y de tíos, que adoraba el riesgo y el azar. Y él, tenía para nosotros el papel de la templanza, de la pulcritud, era la ley, el morbo y la discreción. A quien todos necesitábamos pero nadie quería saber por qué.

Le escuchaba atentamente mientras hablaba y os digo sinceramente que tuve la sensación de estar con alguien a quien no conocía en absoluto. Era mi amigo Esteban, eso estaba claro, pero en realidad aquello no significaba nada. Comprendí que todo lo que sabía de él era a través de Luci, que durante los últimos años, puede que lustros, era como si su persona, alma y cuerpo estuviesen escondidos tras ella. En la oscuridad de mi casa aquellos ojos negros iluminados por la luz que desprendía la televisión se me hacían cada vez más y más lejanos. Miraba la expresión de sus manos, sus gestos y nada en él me era cercano. Podría haberme acostado con él ahí mismo sin sentirme incestuosa ni culpable de hecho eso fue exactamente lo que quise hacer, cualquier señal por su parte hubiese bastado para lanzarme sobre él sin remordimientos y con locura.

No pasó, y cuando desperté muerta de frío en el mismo sillón morado donde me hubiese gustado disfrutar de una amistad entrañable (ejém) con él  me alegré de que no pasase al verle dormido con el pantalón desabrochado y la carta de su novia asomada por el bolsillo del pantalón.

Estaba tan sexy y masculino que le hice una foto con el móvil para si algún día me encontraba con Lucía recordarle quien era el padre de su niña. Me duché a la velocidad de la luz y sin desayunar salí disparada hacia el colegio. Cuando ya hube salido del portal me acordé que durante la última comida, la del arroz al horno y mosto, hablamos de Carmen Martín Gaite y mi libro favorito de la autora; le dije por decir y también con ilusión que desde que leyera la novela había querido crear un epistolario. Pero que por desgracia, ya nadie escribe cartas.

Pues bien, la absurdez de esa idea y la noche que casi habíamos pasado en vela me hicieron retroceder hasta el buzón que no había abierto casi desde que me mudé y a lo Sherlock Holmes me di de bruces con la ironía de la realidad: Sobre amarillo (su color favorito) y un remitente, “Tu Luci”.

Besé y olí el sobre como si tratase de esnifar la tinta negra con la que estaba escrito y lo guardé en el bolso como quien guarda un tesoro. Emprendí mi camino calle abajo corriendo, sin mirar el suelo ni las calles que atravesaba, como una autómata teledirigida que acaba de recibir la mayor alegría de su vida. Y es que las alegrías, como las penas son casi siempre inesperadas.

Seguí corriendo todo el tiempo que pude hasta que el cansancio y un horrible flato me obligaron a frenar. Me tomé mi tiempo, incluso me senté un rato en un portal para recomponerme, abrí el bolso con la intención de comprobar que la carta estaba sana y salva. Me avergoncé de mis actos, no sé de cuales pero lo hice. Busqué un pequeño espejo de madera que suelo llevar siempre conmigo y me miré. Estaba sudorosa y roja del cansancio. Me sequé con una toallita y pinté mis labios rojos como la sangre que cabalgaba en mi interior. Aún tenía tiempo. Podía abrir el dichoso sobre y saber qué pasaba, que sucedió en ella tras esa comida fortuita que a mí solo me trajo calma.

Por supuesto que no lo hice, aquel momento merecía la mayor de las liturgias.

Seguí caminando pero esta vez pensando en lo que uno será capaz de sentir antes de una despedida premeditada, en lo que significaría para ella decirnos adiós. Puse en marcha todos mis recursos literarios y fue en ese momento cuando comprendí ese fragmento de Borges que siempre llevaba conmigo en el recuerdo:

“Decirse adiós es negar la separación, es decir: Hoy jugamos a separarnos pero nos veremos mañana. Los hombres inventaron el adiós porque se saben de algún modo inmortales, aunque se juzguen contingentes y efímeros.”

Sí, a lo mejor era eso lo que le había pasado a Lucía, que no quiso reunirnos para marchar segura de que no tenía porqué volver algún día. Puede que un abrazo y un adiós no forzado por situaciones externas puedan resultar tan incompresibles como el suicidio mismo. En ocasiones no hay nada mejor como correr y no mirar atrás.

 

¡Siento mucho haber tardado tanto en escribir! ,¡hasta pronto!

 

Por ahí se pierde

Por ahí se pierde

Ayer por la tarde me divertí mucho. Fui a buscar a Mike a la salida de su trabajo y nos fuimos a merendar hamburguesas. ¡Hacía tanto tiempo que no hacíamos eso! fuimos a uno de esos sitos que ahora inundan Malasaña y que por siete euros además de comida te dan también la sensación de que en lugar de estar en Madrid estés en el mismísimo Nueva York. Así que ahí, rodeados de hipsters y de kétchup pasamos la tarde colapsando nuestras arterias con colesterol .

-¡Ay Fioretta que ganas tengo de encontrar un hombre en condiciones! –Exclamó Mike tras pegar un buen sorbo a su coca cola light con pajita.

-¡Pero si ayer tuviste una cita con uno del chat! –le dije riendo.

-Eso de ayer no puede considerarse ni hombre…anda por fa  pásame la mostaza – dijo él- estaba más loco que una cabra y muy mono tampoco es que fuese el pobre, que me engañó pero bien con las fotos que me había enviado.

-Tú lo que tienes que hacer es dejarte de chats y salir un sábado a ver qué encuentras que con lo guapo que estás últimamente no creo que tengas muchos problemas, ¿a que tengo razón?-pregunté.

-Ay bandida, como sabes adularme. Venga come hija que casi ni la has probado. La mía está para morirse.

Cumplimos al dedillo con el manual del buen comedor de fast food (porque por más que esa nueva oleada de sitios prometa sanísima carne de ternera y patatas no refritas, qué queréis que os diga, en el fondo es lo que parece); después de nuestro correspondiente menú de hamburguesa y patatas, tomamos batido y tras el batido aún hubo postre.

Al terminar Mike sugirió que fuésemos a su casa a tomarnos un licor de esas hierbas ibicencas para digerir todo lo que habíamos engullido. Aunque en realidad lo que nos hubiese venido bien era una buena carrera, nos arrastramos como pudimos de la hamburguesería a su sofá a mi grito de “tonto el último”.

Verdaderamente el pastón que se gastó en obras había merecido totalmente la pena. Nuestro por siempre querido piso de la calle Gravina ya no era lo que fue. Era mucho mejor. Esa decoración que teníamos basada en todo tipo de trastos que habíamos ido adquiriendo a base de regalos de amigos, de objetos traídos de viajes, de cuadros bonitos pero incoherentes con la estructura del lugar en sí había pasado a convertirse en un espacio sin paredes y de lo más chic. Es cierto que Mike no quiso borrar lo que ese espacio significó en nuestras vidas con lo que todavía conserva nuestro viejo mueble bar y una alfombra enorme que simulaba ser piel de tigre que teníamos (y tiene) enfrente del televisor cutre que ahora es casi un pantallón de cine.

Pusimos algo de música y el buen rollo se filtraba por todos los poros de mi piel. Era el martes más encantador de los últimos tiempos. Uno de esos días sin preocupaciones, sin prisas, sin ganas de hacer nada que no sea lo que estábamos haciendo. Terminamos la botella colocando una mesita y dos sillas junto al ventanal que daba a la calle. Había mucho ambiente tras los cristales y cogimos un pedo monumental. Mike que piropeaba desde la ventana a todo hombre que pasara sin vergüenza de ningún tipo se topó con la horma de su zapato:

-Pues invítame a subir y me lo demuestras, moreno –Le chilló uno desde abajo como respuesta a su “si yo te pillara no salías vivo de esa”.

Nos miramos (el chico no era un super hombre  pero seguramente era de lo mejorcito que podrías encontrar disponible a esas horas por chueca, además, tenía su aquel) y como a mi amigo le había hecho gracia me dijo “por favor tía, grítale tú la escalera y el piso sin que parezca que yo quiera”. Eso hice. Minutos después estaba sonando el timbre.

Abrimos y le ofrecimos una cerveza, yo ya no bebí nada porque mi borrachera era bastante evidente.

-¿Qué se celebra si puede saberse? –preguntó nuestro invitado.

-Pues que mi amiga está enamorada y yo soletero y entero –contestó Mike con esa lengua de trapo que le pone el alcohol.

-Pues salud – levantó su cerveza el recién llegado.

El chico al que habíamos invitado a subir era de lo más simpático, nos hizo reír a carcajadas con su particular imitación de Barbra Streisand y su gran sentido del humor. Tenía 25 años (aparentaba muchos más) y aunque era homosexual nunca había estado con ningún hombre. De hecho hasta hace unos meses atrás tenía novia pero la dejó porque aquello de mentirse uno mismo además de ridículo es muy doloroso. Por eso había estado tan receptivo a la voz de mi amigo. Según contó desde el día que dejó a su novia no ha dejado de ir a Chueca ni una sola tarde para ver si un día tenía suerte y ligaba.

¡En menudas manos había caído! No hay nada que a Mike le guste más que hacer de maestro de ceremonias (o lo que es lo mismo, ser el primero en la vida de un chico). Según él no hay experiencia mejor porque por un lado le descubres un mundo a alguien y por otro te ganas un recuerdo para siempre en la mente de esa persona. Además de todo eso, se unía la perfecta (para él) sensación de dependencia que se crea, una especie de esclavitud sexual, el despertar de una persona.

Se nos hizo tarde y me fui con la excusa de que quería cenar en casa (aunque a decir verdad no tenía apetito alguno después de nuestra merendola) y los dejé solos. Mike estaba tan feliz por haber encontrado ese chico que le brillaban los ojos. Se lo merecía, Antonio lo dejó verdaderamente tocado y él a menos que encontrase otro con el que distraerse y obsesionarse de nuevo no iba a poder recuperarse de la ruptura por sí solo. Así que con mi alegría por bandera dejé la calle Gravina emprendiendo el camino a casa tarareando todavía las canciones que habíamos escuchado en el piso.

Hacía una noche serena, de esas en las que puedes pasear de vuelta a casa sin congelarte de frío. Cuando llegué a Gran Vía busqué con la mirada el ático de Carlos. Sabía que no estaba, que hasta el viernes no llegaría de vuelta  a Madrid pero aún así esperaba ver luz dentro. Cosas que pasan. Al cerciorarme de que las luces estaban pagadas bajé por la Montera hasta Sol y de ahí, pues a casa en menos de un periquete. Ningún altercado ni en mi mente ni en mi vida. Subí hasta mi puerta, metí la llave en la cerradura y cuando abrí me encontré con Esteban (el novio de Lucía) sentado en mi sofá con una botella de vino a su lado.

-¿Qué haces tú aquí sin avisarme?, ¿no ves que casi me muero del susto?, ¿Cómo has entrado? –pregunté chillando, con la mano sujetándome el corazón y puede que hasta tartamuda.

-Le pedí tu llave a Lola diciéndole que te la habías dejado dentro y que me habías mandado a recogerla a mí con el coche porque tú estabas en el teatro con Lucía. No te enfades, si le hubiese dicho la verdad ni siendo yo me la hubiese dado –me dijo abrazándome para tratar de calmarme.

-¿Dónde está Luci? –pregunté incrédula.

-Se ha ido –dijo sirviéndose una copa de vino y aparentando una tranquilidad que me puso la carne de gallina.

-¿Que se ha ido dónde? ¡ vamos habla que me va a dar un síncope!

-Pues no lo sé Fioretta, no lo sé. Yo he llegado a casa del despacho y me he encontrado con esta nota en el cuarto de baño –confesó extendiéndome la mano para que yo misma la leyese.

“Queridísimo Esteban:

Me voy llevándome conmigo a Florencia de una forma irremediable. Te quiero y mi vida a tu lado es lo más maravilloso que me ha ocurrido nunca. Eres todo lo que cualquier persona querría para sí, pero el día que fui a comer con Fioretta algo cambió de pronto en mi interior, algo que he querido frenar y no he podido. Sigo sin poder hacerlo. No hay otra persona, ni muerta la habría. Es solo que estando con ella en su casa me di cuenta de que tenía que huir.

No sé decirte hasta cuándo ni si volveré antes de que nazca nuestra encantadora niña, espero que sí, pero si no lo hago por favor no me guardes rencor.

No trates de buscarme. En cuanto termine esta carta, la que jamás pensé que escribiría, me iré al aeropuerto en busca de algún billete hacia algún sitio que todavía no sé. Creo que podrías denunciarme por esto que te estoy haciendo, por separarte de tu tan querida hija, pero no lo harás; porque eres bueno y porque yo te lo estoy pidiendo…no lo hagas.

Te quiero muchísimo no lo olvides nunca.

Volveré aunque me costase la vida. Posiblemente mucho antes de lo que te des cuenta.

Tuya siempre,

LUCÍA.”

Empecé a llorar con la primera línea y no terminé de hacerlo en mucho rato. Esteban estaba en mi casa porque necesitaba saber que había pasado entre nosotras, de qué habíamos hablado y que habíamos hecho para que la mentalidad de su novia cambiase por completo a raíz de nuestro encuentro.

Me costó convencerle de que no le mentía, que no habíamos hecho otra cosa que comer y tomar mosto, hablar de su embarazo, de lo feliz que era su vida. Finalmente me creyó, a veces la verdad es tan evidente que uno no puede ni agarrarse a la mentira.

Estaba furioso y desconcertado, necesitaba verla pero no podía localizarla. La mujer a la que amaba se había largado con su bebé sin decirle porqué ni a dónde y él no iba a denunciarla. Nunca. La quería tanto que esperaría su regreso cada segundo de su vida aunque tardara años o siglos. Le abriría la puerta y seguiría con ella. Pase lo que pase.

Le dejé una manta y durmió en el sofá de mi casa. Ya se iría a la suya por la mañana, a ese piso que huele a bebé y amor. A esas cuatro paredes donde se respiraba corazones, estrellitas de colores y nubes de algodón. A ese lugar que a partir de ahora y hasta su vuelta, será solamente una sala de espera.

 

En el punto de partida

Aunque es cierto que querer en solitario no es la peor desgracia que una persona puede sufrir, yo al menos sí que metería en el saco de las desgracias ese trance de la vida. A los que lo estéis sufriendo actualmente, mis condolencias. Ya sabréis que esto, como todo, tiene sus fases. Incredulidad, obstinación, deformación de la realidad, optimismo, desapego e incluso mal humor, pérdida del apetito (o aumento en según qué casos), nervios y un sinfín de etcéteras que varían según el sexo y edad de la persona en cuestión. Lo único universal que produce querer sin que te quieran es desesperación. Eso es cierto. Y es que, ¿Cómo es posible eso de amar profundamente a alguien para quien tú sin embargo no eres nadie? Me parece del todo inexplicable.

Si tu caso es como el mío (eres mujer interesada en un hombre que no siente ni por casualidad lo mismo que tú) date por jodida. Los hombres son la peor especie a quien amar. En serio, si te cuelgas de un tío que no te hace caso lo único que te pasará a partir de que lo asumas son cosas raras. Y sí, lo primero que hay que hacer es asumirlo. ¿Por qué digo esto? Pues porque lo más normal del mundo es que tú y todos los que tienes a tu alrededor te hagan creer lo contrario. Es decir, que el sentimiento es recíproco cuando la verdad es que no lo es.

Aunque no haya leyes ni claves fructíferas para autoevaluar tu situación y así encontrar la respuesta correcta adaptada a tu situación (lo cual me parece fatal ¡que alguien se ponga a investigar ya! ) yo os puedo dar unos cuantos trucos para vuestra tranquilidad personal ( son tantas las vueltas que le doy al amor que he llegado a alguna teoría que otra):

En primer lugar, no entiendo ni entenderé en la vida porqué cuando una persona no nos llama, ni nos escribe ni se comunica con nosotros de ninguno de los modos existentes hoy en día, seguimos teniendo la esperanza de conquista. Me incluyo en este caso, sí señor. Yo soy la primera a la que le quema el teléfono en la mano y acaba proponiendo citas furtivas a cualquier hora del día, la que escribe preguntando cómo le va y cosas así. Parece evidente que si él no hace lo mismo conmigo es porque sinceramente le importo lo mismo que nada. Así es, no es lo normal tener  que ser yo siempre la que proponga y él  quien disponga. Señal que te anuncia que algo no va bien. Pues es en este caso, cuando más cuidado hay que tener con el amigo o amiga de turno que se acerca con hipótesis que tratan de demostrarte lo contrario poniéndote en casos tan improbables como “¿y si se está reteniendo pero en realidad tiene las mismas ganas que tú?” parece una pregunta absurda (la de tu amigo/a), pero reconocedlo, nos agarramos a ella como un clavo ardiendo. No obstante, este consuelo emocional dura solo unos minutos (algo es algo) porque repentinamente tu cerebro se activa y le respondes con también otra pregunta “¿y qué necesidad tiene de retenerse si resulta evidente mi interés por él? Entonces tu amigo/a pondrá cara de póquer y tratará de buscar alguna salida que al menos pueda subirte la moral.

Es muy importante que recordéis en todo momento que sois vosotros vuestros principales enemigos. En mi caso totalmente. Y es que la literatura y las películas juegan en mi contra. Yo misma me retroalimento creyéndome parte de un mundo que lo único que es, es ficticio. Estamos en el siglo XXI y las cosas ya no funcionan como en las novelas. Por otra parte, esas conversaciones con mis mejores amigos sobre el amor, la vida y la muerte tampoco es que me ayuden a discernir mejor entre lo que realmente me pasa y lo que me gustaría que me pasase. Si la gente que te rodea es también una enganchada a esto del querer, todavía te resultará más difícil. Tus noches, conversaciones telefónicas, tardes de café o de cañas estarán monopolizadas por el amor y sus maravillosas aventuras. Repasaréis sobrios o no todo lo vivido hasta el momento con la persona que tanto os gusta y lo creas o no acabaréis encontrando una solución aparentemente milagrosa, una táctica a seguir o cualquier tipo de idea positiva (en el mejor de los casos) que te lleven a seguir al pie del cañón. Y qué a gusto lo haces en el fondo.

Yo soy una persona irracional y vehemente. Lo tengo asumido y es algo que soy incapaz de corregir, que me aumenta con los años. Soy capaz de cualquier cosa por pasar un buen rato y tampoco le doy muchas vueltas a la cabeza. A todo esto, hay que añadirle mi condición irremediablemente existencialista y unos de mis defectos más evidentes: el relativismo moral. Con esto no quiero decir que el relativismo por sí mismo esté ligado a connotaciones negativas ni muchísimo menos; pero en mi caso sí, y lo es precisamente porque no tengo medida. Para mí toda moralidad es verdadera si la persona que lo defiende así lo considera.

Cuestiones filosóficas aparte, como persona visceral que soy me resulta muy complicado no ceder a mis impulsos, no matar por cinco minutos más (como decía Andrés Calamaro) porque aunque en la mayoría de las ocasiones soy plenamente consciente de que si cruzo determinada línea voy a incurrir en craso error, la cruzaré dos mil veces si hace falta. Aplicando esto al caso concreto ya os vaticino que no soy para nada un ejemplo a seguir; no son pocas las personas sabias que me han indicado que trate de resistirme a la tentación (lo cual es casi una epopeya), que no esté dispuesta a verle incondicionalmente. Que diga no, que lo deje con las ganas. Esas personas me garantizan que si busco un resultado diferente haciendo lo mismo todas y cada una de las veces lo único garantizado que obtendré será el fracaso.

Temo meterme en un jardín pero lo voy a hacer ¿Cómo se hace eso?, ¿Cuál es la contraprestación que hay que pagar por la supuesta llave del paraíso? Pues se supone  que manteniendo la cabeza fría, respetando esos consejos bochornosos (para mi gusto) y machistas que te llevan a pensar que el hombre se cansa rápido de lo que prevé ganado, que hay que darles una de cal y otra de arena, que no hay que ser una mujer fácil … vamos, tratando de ser poco menos que un objeto carente de deseos propios, decisión y siendo una especie de barbie subordinada obtendrás su preciado corazón.

Perdonadme si os digo que esta idea la descarto por repulsiva. Si un hombre deja de sentir algo por mí por haberse metido en mi cama, lo mejor que puede hacer es irse para no volver.

Luego tenemos el dilema más clásico, ¿Qué necesidad tiene de decirme cosas bonitas? Aquí Lola sería la más indicada para hablar. Como sabéis está enrollada con un chico que tiene pareja, vive con ella, la quiere y no entra en sus planes dejarla ni por Lola ni por nadie. Si os cuento esto, pues llegareis a la conclusión de que Pepe (ese es el chico) es un gañán que le está siendo infiel a su novia con ella solo por pasar un buen rato. La cosa estaría clara si solamente fuese eso. Pero es que no es del todo así. Ellos se ven y hablan, hablan mucho…no estrictamente de ellos, de su vida común, pero él toca para ella canciones que le compone, le escribe poesías preciosas y ha llegado a decirle que no puede prescindir de ella, que ocupa gran parte de su pensamiento y que la adora. ¿Pensáis que es mentira?, ¿Qué necesidad habría de engañarla si todos sabemos que Lola se seguiría acostando con él sin mediar comentarios amorosos? Reconozco que este es un enigma sin resolver. Lo único que puedo pensar es que la mentalidad católica que todavía inunda nuestra España, incluso la de los círculos más bohemios de una manera tradicional e inconsciente, lleven a los hombres a enmascararnos el coito para que no nos sintamos ofendidas. Supongo que será esto lo que pase, pero en cualquier caso, existimos mujeres que creo no inducimos a la palabrería romántica.Pero ellos, siguen.

En mi caso es parecido, Carlos acude a mí en todas las ocasiones como si estuviese dispuesto a destrozar mi mundo. Llega a mi lado con su sonrisa eterna, cuidando al detalle cada momento y haciéndome sentir como si fuese su novia. Reconozco que la realidad amorosa es la cosa más subjetiva del universo, y que si contásemos algún encuentro él y yo sin escucharnos es más que posible que cada cual lo relate a su manera fijando más interés en una u otra etapa de la misma cita, pero hay cosas que suceden y son innegables (por muy relativista que se sea). Y es que si lo que quieres es verme ocasionalmente (que es lo que al fin y al cabo haces) no me cojas la mano por la calle, no me mires como si nunca antes me hubieses visto, intenta no hacerme creer que te lo pasas en grande cuando estamos juntos, no digas que soy guapísima y sobretodo no me digas que me quieres.

Y es que eso me dijo ayer en un mensaje. Ni más ni menos que en un mensaje. Me da hasta vergüenza mencionarlo. Tuvimos una conversación muy larga, más que si hubiésemos estado juntos en persona y al final, cuando nos despedíamos me dijo “te quiero”. Yo, me quedé tan bloqueada (como supongo que es normal) que no pude ni contestar. Rápidamente entré a clase y traté de explicar lo previsto como buenamente pude. Me dijo que me quería pero también me dijo que este fin de semana me llamaría para vernos.

Estaréis pensando que ya está todo hecho, que nos veremos y todo será fabuloso ¿no? Pues ya os garantizo que no. Y es que no quiero repetirme pero si de verdad me quieres actúa con coherencia. Ese te quiero suyo solamente me ha servido para cerciorarme, para ser más consciente si cabe que se cree que estamos jugando, que ni por casualidad piensa que esta historia es importante para mí y que es la primera vez que me enamoro.

Razones no le faltan para pensar así, dicho sea de paso, porque como os comenté en otra ocasión es verle y convertirme en la pura imagen de la frivolidad. Me trastorno y acabo siendo cualquier persona que no soy yo.

En definitiva, el amor no correspondido es bastante probable que ni tan si quiera sea amor, que no se trate de nada más allá de pura nostalgia sentimental, de aferrar uno su alma a lo imposible, de un reto, del destino y del más puro egocentrismo.

¿Quién sabe?

Me despido con Graham Green y un fragmento de su obra que a lo mejor, podemos aplicar al desamor:

“El sentimiento de desdicha es mucho más fácil de llevar que el de felicidad. En el sufrimiento nos parece tener conciencia de nuestra propia existencia, aunque sea en forma de un monstruoso egoísmo; este dolor es mío, este nervio que se retuerce es mío, me pertenece solamente a mí. La felicidad, en cambio, nos aniquila: perdemos nuestra identidad […] Es curioso verme escribiendo estas frases como si hubiese amado lo que en realidad odio’”.

Y este otro también del mismo autor y del mismo libro (El fin del romance):

”- El amor no se acaba porque dejemos de vernos.
– ¿Ah, no?
– La gente sigue amando a Dios toda la vida, sin verlo.
– Esa no es mi clase de amor.
– Puede que no haya otra.”

Adiós, no volveré

Adiós, no volveré

¿Alguna vez os habéis parado a pensar qué es para vosotros la antítesis del amor, del deseo o simplemente del interés hacia una persona? Yo nunca. Nunca hasta el viernes por la noche.

Esa noche fui a un concierto de jazz que había cerca de mi casa con mis hermanas. No tengo claro que a ninguna de ellas les apeteciese realmente, pero yo me moría por ir. Adoro el ambiente que se crea en esas salas oscuras y misteriosas formadas por mesas pequeñas y redondas situadas de una manera tan íntima como sugerente.

Mis hermanas ya venían crispadas desde la cena y por una vez tuve la suerte de no formar parte del objeto de la discordia, con lo que  procuré abstráeme todo lo posible de los sutilmente dañinos comentarios que se hacían siempre en tono suave y acabados en palabras cariñosas como “cariño”, “nena” y sucedáneos. Reproches del pasado, intentos de quedar la una siempre por encima de la otra, juicios de valor y demás intentos de homicidio verbal que iban aumentando a medida que también aumentaban los miligramos de alcohol en sangre.

Elena, a sus veinte mil años como ginecóloga, contó estar decidida a probar el sexo con una mujer. Cometiendo  el error de comunicárselo a sus hermanitas que cargadas de una borrachera mojigata no solo le quitaron la idea de la cabeza, si no que casi consiguen que fuese corriendo en búsqueda de la primera iglesia que encontrara e hiciera guardia hasta poder confesarse por tan deshonroso pensamiento.

Era el segundo whisky de Elena, y ella que no bebe más que en las bodas, había perdido notablemente la compostura. Resultaba evidente que ni quería ni llevaría a cabo nunca tal deseo amoroso. Hablaba por hablar, porque estaba revuelta, relajada y disfrutando de su vida de separada. De esa sensación que produce saberte dueña de todos tus movimientos.

Tras ello, Laura y su supuesta desinhibición nos hicieron partícipes de que podía presumir de disfrutar una vida sexual plena con su pareja Eduardo (que con todos mis respetos me parece el hombre más repulsivo del planeta. No solo es machista y homofobo si no que también es superficial y corto de entendimiento. Si no fuera por el asco que me da, le tendría pena):

-“Lo hacemos un montón, el otro día se metió conmigo en la ducha y…”-dijo con mirada pícara y tapándose los labios tímidamente con la mano derecha entre vergüenza y discreción.

-¡Oh, cállate Laurita que está presente vuestra hermana mayor!- Interrumpió afortunadamente Inés. La idea de imaginar lo que Laura y Eduardo pudieron hacer en la ducha me revolvía el estómago.

Seguidamente, persuadieron a Inés para que confesase algo también. “Lo más fuerte que hayas hecho nunca con un tío” (se presume que con “un tío” estaban refiriéndose al único varón que ella ha conocido. Su novio y esposo desde los catorce años hasta la actualidad”). Le costó, pero al terminar la copa empezó hilando lo que se preveía iba a ser su particular relato erótico. No me apetecía escucharlo, me estaba aburriendo como una ostra en esa especie de “campamento adolescente improvisado en mitad del concierto de una de mis bandas favoritas de jazz”, así que me levanté haciendo creer que iba a por otra copa y me perdí entre la multitud para poder disfrutar de lo que le quedase al concierto yo sola.

Me senté en un taburete aterciopelado en una de las esquinas del escenario pegada a la barra. Guardando mi turno para pedir algo.

-Para mí siempre es un honor invitar a una mujer dispuesta a beber sola –dijo una voz detrás de mí.

– Vaya, debe ser que hoy es la noche de la revelación de secretos –Espeté no de muy buenas formas sin ni si quiera girarme para chequear la identidad del hombre que tenía a mis espaldas.

La camarera se dio cuenta de que llevaba unos minutos esperando a ser servida y al fin se acercó para atenderme. Instantes después, ya con la copa de vino tinto en la mano, me giré para fundirme con la actuación. La melodía viajaba por mis entrañas hasta pasar a formar parte de mí y emprendí un viaje. No sé si en el tiempo o en el espacio. Solo sé que aquel ritmo me condujo al abismo. De ese del que ya no se sale, al menos en una sola noche. A calles mojadas, a camas deshechas, a la misma boca del lobo, a la hoguera en la que ardo.

El espectáculo terminó y poco a poco la gente fue marchándose del lugar, pude comprobar que mis hermanas me llamaron repetidas veces supongo que para decirme que dónde estaba, que ellas se iban o algo así, pero yo no conteste. Ya no podía. Eran las dos de la madrugada y  me hallaba sola sin haber acabado mi copa de Vega Sicilia.

-¿Piensas quedarte sentada ahí toda la noche? Yo voy a Claudio Coello, he quedado con unos amigos. Te invito a unirte con nosotros. Seguro que ahí también  habrá taburetes en los que te puedas sentar y para más comodidad voy en coche. –Ofreciéndose por segunda vez y de este modo a que pasara un rato con él el mismo hombre que quiso invitarme a la copa durante la actuación de la banda.

– Solo si me acreditas que eres un acosador en potencia, que tienes antecedentes penales, que llevas un cadáver en el maletero y que estás loco de atar –Le contesté poniéndome el abrigo lista para marcharme con él.

– Sí mira, aquí mismo tengo un documento que te confirma al menos lo último –sacándose de la cartera el carnet del colegio de psicólogos de Madrid.

-¡Pues andado! – exclamé.

Una vez estando en el coche me di cuenta de que aquel hombre no estaba nada mal. Tendría unos 37 años y un cierto acento francés que lo hacía encantador. Para ser sinceros no me gusta esa lengua, pero en él sonaba especial. Llevaba unas gafas enormes y el pelo tremendamente rizado. Se llamaba Ernest y estaba en Madrid desde la primavera del año 2000.

-Me encanta tu nombre, Ernest –Le  dije.

-Muchas gracias, a mí el tuyo también y no trato de devolverte el cumplido – contestó él.

-Siempre soñé con encontrar un hombre que se llamase así y que fuese escritor –Añadí.

-¿Qué buscas en mí a Hemingway? – Preguntó mientras aparcaba su escarabajo con un gesto que le otorgó repentinamente un matiz más que interesante a su expresión facial.

-Claro que no –mentí.

Por supuesto que lo hice. No paré de repetir su nombre en toda la noche. Lo nombraba hasta para absurdeces y el hecho de verme ahí, rodeada de más franceses y americanos me hizo creerme Hadley Richardson en Chicago, cuando le conoció a él. A ese hombre que tiempo después se convirtió en su esposo y con el que viviría trepidantes aventuras, traiciones y una intensa historia de amor. Mujer a la que se le atribuyen estas palabras sobre el escritor:

“ El mito que estaba creando a partir de su propia vida era lo bastante grande para que le fuera bien durante un tiempo…pero por debajo de eso, yo sabía que estaba perdido. Que dormía con la luz encendida o no podía dormir nada, que tenía tanto miedo a la muerte que la buscaba donde y siempre que pudiera. Era un gran enigma, en realidad: delicado, fuerte, débil y cruel. Un amigo incomparable y un hijo de puta. Al final no había ninguna cosa suya que fuera más cierta que las demás. Todas eran verdad” (Mrs. Hemingway en París)

Ernest, el psicólogo, me deslumbró con su extraña belleza y particular forma de estar. La visión que relataba sobre el mundo nos hacía escucharle con tanta atención que apenas pudimos relacionarnos ni exteriorizar el resto nuestra opinión. Si Marga hubiese estado ahí, en ese local de Claudio Coello hubiese dicho que en realidad no era más que un cantamañanas con algo de imaginación, pero a mí que me pierden los misterios, me dejé llevar por la profundidad de esa boca que se abría y cerraba cargada de palabras. Me sedujo. Era lo que buscaba. Rozaba mis piernas con la punta de su zapato y acariciaba mis muslos por debajo de la mesa. Había algo tan perverso en esas manos ásperas que caí rendida a él, cortando su discurso y ante todos los allí presentes recité con voz templada y puede que hasta sensual:

“No me des tregua, no me perdones nunca. Hostígame en la sangre, que cada cosa cruel sea tú que vuelves. ¡No me dejes dormir, no me des paz! Entonces ganaré mi reino, naceré lentamente. No me pierdas como una música fácil, no seas caricia ni guante; tálame como un sílex, desespérame.”

-¿Hablas tú o Cortázar? –Preguntó metiendo sus dedos por debajo de mi falda.

-la vie est celle qu’il parle –Susurré.

Me besó. Delante de esos amigos suyos y de todo el local. Yo le devolví el beso y una centena más. Ahí no hubo pensamientos para Carlos ni para nadie más que él. ese Ernest que había irrumpido en mi vida cegándome de deseo. Turbándome y volviéndome loca.

Me llevó a su casa, a su cama e hicimos el amor. Una, dos, y hasta tres veces. Cuando el día ya me golpeó en la cara lo encontré llorando hecho un ovillo. Quise preguntarle qué le pasaba, me hubiera gustado ayudarle pero no. Me dirigí hacia el baño para lavarme la cara y perfumarme con una de las muestras que suelo llevar en el bolso para ese tipo de situaciones. Cerré la puerta con cuidado y salí del piso sin decirle adiós si quiera. Así fue como comprendí que la pena es y será siempre la antítesis del amor,del deseo, de la atracción. La debilidad del otro se lleva de un plumazo todo, como si jamás hubiese existido nada inquietante en esa otra persona. Di un portazo y me senté en el escalón de la calle, en el que figura en la foto que he colgado. Cogí el teléfono, llamé a Marga y le dije:

-Prima, hubieras tenido razón de haber estado anoche con nosotros. Solo se trataba de un cantamañanas con algo de imaginación.

Me despido con un fragemento de Lucía Etxebarría y su Amor, curiosidad, prozac y dudas. Un tributo a la mujer ( a la que es trabajadora y a la que no, a todas  las mujeres porque el viernes fue el día):

Algunas pisan fuerte, son altas, orgullosas. Son firmes y obstinadas, enhiestas como mástiles. Poderosas y astutas, seguras de sí mismas, buenas razonadoras, maduras, decididas, van a invadirlo todo. Entran, se hacen las dueñas y al fin, en su despacho, bien firmes y encajadas, saben que ése es su sitio, conocen su papel. Entran, salen, se van emocionando, se van acelerando conscientes de su imperio. Imperios de una noche, monarquías de un beso. Hay otras pequeñitas, inquietas y traviesas. Revoltosas, curiosas, nunca les falta espacio para poder jugar, indagar y perderse. Dulces exploradoras, a veces se te escapan, culebras resbalosas, lo mismo que lo intenta el jabón en la bañera. Patinan sorprendidas por los muslos mojados y vuelven escalando, ansiosas e impacientes, brincando pizpiretas, al refugio húmedo y cálido que saben les espera. Pececitos que saltan por tu corriente interna, felices y empapados, no les importa mucho ni el cómo ni el por dónde. Son jóvenes de espíritu. Apenas se toman en serio ni a sí mismas. Podrás quererlas mucho y nunca poseerlas. Podrán quererte aún más y no te tendrán nunca. Esquivas y reídoras, fugaces, detonantes, ni estelas ni pisadas dejaron tras de sí. Apenas el recuerdo, incierto y añorado, de las horas felices, las únicas que cuentan, las realmente vividas.

Patio de la casa donde vivió y murió Lope de Vega en la calle Cervantes

Patio de la casa donde vivió y murió Lope de Vega en la calle Cervantes

-¿Viajarías al pasado o al futuro? –Me preguntó Lola ayer por la noche en su casa de la calle Fuencarral. Yo sin dudas al futuro. Me encantaría encontrarme rodeada de novedades sin nombre hoy en día y alucinarme con la sensación de que hemos conseguido cosas que en la actualidad no somos capaces ni de imaginar.

-Yo me iría al pasado de cabeza. Con lo puesto, no me llevaría nada más allá de lo que llevo conmigo ahora mismo. Es más, me dejaría aquí encantada el puto teléfono y todas las historias que viven en él. Me iría en un coche de caballos sin importarme cuánto tiempo tardara en llegar –le respondí mientras no pude evitar imaginarme en la bohemia de mi tiempo soñado.

-Ah sí, qué preguntas hago. Te mudarías a 1921 o así, ¿No? Qué manía esa tuya de evocar esos años en lo que la mayoría de tus ídolos eran pobres y malvivían, morían prematuramente y digas lo que digas tiraron por la borda un talento del que muchos no pudieron disfrutar estando vivos.

– ¿Por qué tienes que ser siempre tan pragmática?, ¿No te parece romántico añorar lo que no se ha conocido? –Le dije yo mientras me acurrucaba en su hombro tendidas en el sofá.

Todo el que me conoce sabe de mi devoción por Hemingway y la Generación Perdida en su conjunto. Que daría gran parte de lo que tengo para trasladarme al París de los años veinte  y vivir en primera persona en ese ambiente de pintores, literatos, intelectuales y artistas en general que han pasado a la historia por sus extravagantes personalidades y por poseer una genialidad transfronteriza. Por haberme sentado en cualquier cafetería de la época a escuchar sus discusiones y andanzas, y haber disfrutado sin miramientos de esos locos e irrepetibles años en la ciudad de la luz.

Así soy yo, lo reconozco. Una amante del pasado, alguien que echa de menos esa etapa de la vida en que todo se escribía a mano, en que había correspondencia física, en que se rellenaban instancias, en la que ir al cine era caro pero valía la pena. Adoro la incertidumbre que provocaba descolgar el teléfono sin saber de ante mano quien sería el llamante. Todo era en definitiva mucho más natural y humano.

No quiero decir con esto que yo sea una Menomita ni mucho menos, que los tiempos cambian y yo procuro evolucionar con ellos, claro está, pero que desde mi prisma yo sería igualmente feliz si no nos pusieran ante los ojos tantísima tentación porque ¿qué manera hay de escapar de ella si no sucumbes?

Teorías a parte yo estaba en casa de Lola porque me había invitado a cenar. Había estado con Pepe esa tarde y se encontraba desconcertada. Lo había recibido allí mismo, en su salón y sin mediar palabra hicieron el amor. Terminaron, merendaron y hablaron de temas complicados y que en nada les afectaban a ellos dos. Nadie dijo ni media palabra de su relación o del porqué estaba él allí. Él, que había llevado su saxofón tocó para ella una canción del Talento de Mr Ripley (una de las películas preferidas de Lola) y la miró con los ojos que van a ser la última vez que te miran. Eso sí que se lo preguntó. “¿Qué pasa Pepe, hasta aquí hemos llegado?”. Él le dijo que no, que llevaba toda la semana pensando en ella y en qué hacer para verla pero que “las cosas son complicadas”, su novia le absorbe la mayoría de su tiempo y poco puede hacer para escapar de eso. Al fin y al cabo es la mujer que él ha elegido y a la que quiere.

Eso tuvo que escuchar mi amiga de sus labios. Lo oyó decir que la quiere.”Pepe sé que es mentira, si la quisieras a ella no estarías aquí conmigo”. Pepe se cayó supongo que otorgando y la besó con intensidad. “Eres la mujer más guapa con la que me he cruzado en toda mi vida, pero recuerda que no estoy aquí por eso”.

Él no lo era, no era guapo ni sexy, pero fue desde el principio un magnífico jugador en este juego del amor. Era exageradamente  alto y desgarbado, apasionado, un excelente orador y “el mejor amante que he tenido nunca” (decía Lola siempre que podía).

Su encuentro fue poco más que eso, un sexo furtivo envuelto por la música del saxofón y por un discurso brillante por su parte. Se fue dejándola sola, satisfecha y con el pelo revuelto.

Si os digo la verdad no había pena en su tristeza, parecía evidente que lo estaba pasando mal, pero algo en ella me impedía creerlo del todo. Tenía el convencimiento de que no estaba tratando de engañarme, ¿qué sentido tendría? Pero también sabía que aquella imagen de despecho y de amor trágico que estaba ofreciéndome no era más que fruto de su imaginación. Lola, hija de psiquiatras como era, y acostumbrada desde niña a ver como sus padres hablaban de historias tremendas delante de ella había desarrollado a mi juicio una extraña patología que unía su vida a una perpetua insatisfacción que la obligaba a ponerse retos a cada cual más extraño e insuperable.

Pues bien, ahora la prueba que estaba viviendo era la de cómo conseguir que Pepe deje a su novia y caiga locamente enamorado de ella, para que si pasase, darse cuenta que en realidad no es a él a quien quería  porque de repente descubre que ronca, que le huelen los pies o cualquier otra cosa y tristemente se desencanta y descubre que quien verdaderamente está empezando a atraerle es llamémosle X pero que mira lo que son las cosas tiene otro hándicap que les impide ser felices juntos y suma y sigue.

Me hubiese encantado tener la templanza que tuvo antes de ayer Luci conmigo y haberle dicho lo que pensaba de esta historia, pero en primer lugar no hubiese servido para nada y en segundo y más importante, ella es lo suficientemente inteligente como para saberlo.

Nuestra amistad es así, en ocasiones parecemos dedicarnos a ver como la otra se estrella contra la pared inevitablemente con el único deseo de que sea resistente o que tenga la suerte de no hacerse ningún daño. Muchos de vosotros pensaréis que cómo puedo decir eso, que la amistad es amor y que el amor te lleva a proteger a quien quieres, muchas veces arriesgándote a que tu sinceridad pueda doler al otro pero con la certeza de que si no se lo dices el golpe será mayor. Respetable, sinceramente respetable. Pero yo no soy de ese pensamiento. No al menos con todo el mundo.

Para mí las relaciones bonitas, las que llenan de verdad tienen que ser libres. Esa persona a la que tanto quieres tiene que estar segura de poder decirte cualquier cosa sin miedo a ser reprimido/a. Para mi corto entender, la sinceridad está sobrevalorada. Es decir, si un amigo me pide opinión directamente le diré lo que pienso, aunque duela, aunque esa persona esté deseando con todas sus fuerzas oír lo contrario. Pero si lo que busca es desahogarse, contarme una idea previamente meditada me limitaré a escucharla y a alentarla para que lo lleve a cabo aunque eso fuese lo último que yo haría en su lugar.

Esta conversación es un jardín que me ha traído más de una y de dos discusiones con mi prima, que nunca será capaz de compartir mi postura, pero es irremediablemente lo que pienso. Y Lola también. Por eso la quiero tanto, porque sé que sería capaz de acompañarme al último rincón del mundo para ver cómo me estrello y ayudarme a levantarme.

La noche transcurrió tranquila, vimos la televisión y tomamos una copa de vino blanco. Me hizo un dibujo  en el que aparecía con un sombrero calado color marrón, siempre me pintaba con gorros y sombreros, desde que somos niñas a pesar de que no recuerdo haber usado ninguno más allá de algún verano en la playa.

¡Qué gusto da el poder estar en silencio con alguien! El no tener que ser ocurrente, simpática o elocuente todo el rato. El poder ver una película abstrayéndote de lo que tienes a tu alrededor, como si estuvieras sola, o mejor, estando acompañada de la persona con quien te apetece estar. ¡Qué bonito es conocer hasta el último rincón de una casa que no es la tuya!

Cómo siempre que hacemos este tipo de noches, desde siempre, nos quedamos dormidas en el sofá. Nos despertamos tres horas después con la espalda hecha polvo y trasladándonos a su habitación. Es curioso, pero pasar del sofá a la cama puede resultar igual de pesado que cambiarse de planeta; pero lo hicimos y al hacernos nos despejamos.

-Cierra los ojos –le dije y a ella le dio la risa. Sabía lo que iba a pasar a continuación.

Fui hacia la estantería color añil que tiene justo pegada al armario y cogí un libro al azar, con los ojos cerrados (era lo que solíamos hacer cuando se nos iba el sueño) me giré hacia ella todavía sin abrir los ojos y sin saber ninguna de las dos el libro que el destino nos había seleccionado comencé a pasar páginas con mi dedo pulgar rápidamente y sin llegar a abrir el libro del todo.

-¡Para ahí! –dijo ella-. Quiero que leas a partir del primer punto y aparte de esa página.

Abrimos los dos los ojos y nos pusimos muy contentas de que fuese Rayuela, el capítulo séptimo, leí:

“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”

 

-¿Eres feliz, Fioretta?-preguntó dejando el libro que le di al terminar de leer.

 

-¡Muchísimo! – contesté yo con toda la sinceridad del mundo.

 

Me giré y acto seguido me quedé dormida, seguro que ella también.

 

¡Hasta mañana!

Ábrete sésamo

Ábrete sésamo

Hoy es miércoles, y ayer fue un día lluvioso, melancólico, de los que tardan en acabarse. Fue un día para pensar, para regocijarse en los anhelos, para escuchar viejas canciones, para rodearte de esa gente con la que puedes estar en pijama, sin pintarte y sin mirarte a un espejo ni una sola vez.

En el instituto todo fue bien, sin novedades, tengo a casi la mitad de los alumnos enfermos por resfriado a causa de este tiempo tan terrible que acecha la ciudad.

Como a la salida llovía Esteban (el profesor de educación física) se ofreció a llevarme a casa si yo quería. Realmente querer, lo que es querer, pues más bien no quería pero con la que estaba cayendo no tuve otra opción. Sonaba en la radio what a wonderful world de Amstrong, y mientras el agua salpicaba los cristales, un Madrid gris respiraba fuera del coche. La gente luchaba con sus paraguas para llegar a sus destinos y el tráfico era como de costumbre atroz. Esteban recién duchado y con el pelo mojado (se notaba que acababa de dar una clase) me miraba de reojo mientras silbaba la canción. Sabía que me estaba mirando porque esa sensación es inequívoca, me refiero a la de cargar con unos ojos encima, y más si esos ojos esperan que seas tú la que digas algo. Lo hice, “¿Puedes subirle la voz, por favor?”. Y moviendo la cabeza al compás de un “sí” aumentó el volumen y no hablamos de nuevo hasta que Amstrong paró de cantar.

-Es una canción muy bonita, ¿No te parece?- pregunté girando la cabeza para mirarle.

-La considero muy triste, es que menuda voz la de este hombre”- Contestó él.

-¿Acaso lo triste no puede ser bonito? Las cosas más bellas de este mundo son en ocasiones profundamente tristes- dije cargada de razón-. Además, dejémoslo en que es emotiva. Nunca decir que el mundo es maravilloso puede ser considerado como algo triste.

-¿Te pasa algo conmigo Fioretta? – preguntó apartando la vista de la carretera como demostrando mayor interés por la respuesta que por la conducción en sí-. Desde que pasamos juntos esa noche en tu casa no hemos hablado prácticamente nada.

– No. No me pasa nada. Lo de mi casa, me refiero a lo de acostarnos- dije con la intención de enmendar el uso por mi parte de cualquier eufemismo- estuvo genial. Fuiste majísimo y me alegré de que pasara. Me caes muy bien y si desde entonces hasta ahora he podido hacer o decir algo que te haya llevado a pensar lo contrario espero que me perdones porque no era en absoluto mi intención.

-¡Qué va! Es solo que esperaba que entre nosotros pudiera haber más trato. No te estoy queriendo decir que quiera que lo de esa noche se repita, que por otra parte tampoco me importaría…no sé, perdóname tú porque tampoco estoy seguro de saber a dónde quiero llegar –dijo con un ligero titubeo.

Le puse la mano sobre la pierna dándole dos ligeros golpecitos que para mí significaban “no te preocupes” y que vete a saber que significaron para él. Cuando paró el coche y en la despedida nos besamos. No sé si fue él, fui yo o fue la lluvia y el maravilloso mundo Louis. Fue un beso largo y denso. Nada que ver con los de Carlos y sin ningún tipo de intención. Pasó, me salí del coche y me metí en casa.

Estaba cansada, pero me apetecía cocinar, hice arroz al horno y llamé a Marga para que viniese a comer (sé que es su plato favorito) me dijo que no, que llovía mucho y que estaba cansada (ya os contaré), también hice lo propio con Lola y Mike. La primera no podía por trabajo y Mike me dijo que prefería venir  más tarde si no me importaba. Había cocinado para mis amigos y todos estaban ocupados. Me hubiese encantado reunirlos a todos, pero no siempre las cosas salen como una quisiera. Se lo propuse a Luci y esta sí que aceptó. Me daba mucha pena que tuviera que venir cargando con su embarazo con ese temporal, pero me dijo que no me preocupase, que cogía un taxi y santas pascuas. ¡Siempre me ha fascinado la gente que es capaz de coger un taxi a plena luz del día! Es tanta la vergüenza que inexplicablemente me produce que no he sido capaz de hacerlo nunca. Ni necesitándolo de verdad. Tanto es así que he llegado a considerarlo una cualidad de las personas.

Lucía estaba más gordita y me dijo que le estaba costando acostumbrarse a los vómitos y a la sensación de nauseas en la mañana pero que por lo demás se encontraba estupendamente. Echaba de menos fumar y beber cerveza, pero sabía que solo era algo transitorio. Que el día que naciera Florencia (decidimos creer a pies juntillas le predicción de la gitana) celebraríamos su nacimiento y también el fin de su vida de monja irreal con un paquete de cigarrillos en la puerta del hospital.

Su relación con Esteban era inmejorable y para mi tranquilidad me confesó que era totalmente feliz. No echaba de menos su antiguo trabajo ni tenía planes de empezar en ningún otro ahora su único empleo era el de crear vida y no necesitaba nada más. A Esteban le iban, por suerte, bien las cosas y quería disfrutar del dolce far niente.

Me contó mientras devoraba un enorme plato de arroz y bebíamos un mosto que había parado a comprar de camino para la ocasión que no echa nada en falta de su vida anterior. Y que se pregunta cómo no cambió de rumbo mucho antes. A ver, reconoce que vivir de ese modo le aportó mucha satisfacción y diversión pero que las semanas que Mike y yo estuvimos fuera del piso le hicieron cambiar el chip. Comenzó a sentir envidia de Esteban, de sus horarios, de su ropa planchada y de lo bien que hablaba. Me juró que no fue hasta entonces cuando se dio cuenta de lo guapo que es. Y que esa envidia poco a poco fue convirtiéndose en interés, el interés en atracción y la atracción en amor.

La verdad es que en cierto modo, todos siempre le tuvimos un cierto miedo Lucía. Era tan imprevisible que cuando teníamos que hablar en el piso de algo importante que nos pudiese afectar a todos cuidábamos mucho las palabras. Su carácter irascible le hacía gritar para luego arrepentirse y más tarde volver a gritar. Pero ante todo, siempre supimos que era una chica de fiar y nos hizo pasar unos ratos increíbles. Ella era una persona muy leal. Puede que la que más de la gente a la que conozco y no tiene problemas en reconocer las cosas por malas o peliagudas que sean. En cierto modo creo que es alguien de quien aprender. De esas personas supervivientes que siempre encuentran algún recurso para seguir. Y en una fiesta, la más divertida.

Tomamos café y le conté lo de Carlos, no quise decirle su nombre por el dolor que me causaba pronunciarlo y al ocultárselo recordé El retrato de Dorian Gray de Óscar Wild (libro que leí el primer verano que empecé la facultad) cuando Basilio le dice a Lord Henry “Cuando quiero a alguien muchísimo nunca digo su nombre a nadie. Es como renunciar a una parte de él” (y como Basilio me pregunto yo también ahora mismo si estaréis pensando que soy una loca rematada). Ella, tan directa como suele ser habitual me dijo que ese chico no le gustaba nada para mí y que iba a hacerme mucho daño. Añadió que el amor no tiene que doler, y que en caso de hacerlo solo tiene que ser un daño colateral, no la base de mi sentimiento. Evidentemente estoy totalmente de acuerdo con sus palabras, pero qué fácil se ve todo desde fuera. También ella se había enamorado de personas equivocadas y trató de intentarlo; incluso con el propio padre de su futura hija (si hacemos caso a la gitana) o sea Esteban, había tenido problemas graves y al final el amor todo lo pudo. Sé que las probabilidades de que a mí me pase lo mismo son escasas porque de inicio todo ha sido mucho más grácil y superficial, pero me aferraría a lo imposible si hiciese falta.

Lo pasamos bien, tranquilas, disfrutando del placer de comer y beber cosas deliciosas porque sí, por puro capricho y deleite. Finalmente se fue porque necesitaba descansar, nos besamos repetidamente en la puerta y la animé a que viniese cualquier otro día si le apetecía. Me asomé a la ventana para verla con su paraguas amarillo y botas de agua a juego desde la altura de mi piso. Paró de nuevo a un taxi ante mi ojiplática mirada y despareció de mi vista.

Fregué los platos escuchando Amsterdam de Jacques Brel porque adoro esa canción y porque no tenía narices para escuchar su tan glorioso como suicida Ne me quitte pas. Y ahí, en la calle del Prado, en mi casa, hubiese jurado sentirme como los marineros dans le port d’Amsterdam, y bailé, bailé sola al ritmo de la esperanzadora sensación que te da estar viva y bajo un techo mientras fuera llueve y truena.

Me tumbé en el sofá cuando terminé mis tareas domésticas y llamé a mi madre, hacía tiempo que no lo hacía y me apeteció mucho. Resultó que mi hermana Inés había ido a comer y también  estaba en casa. Todos estaban bien, prometimos vernos pronto y para que supiese que lo decía en serio le propuse a Inés que me invitase a comer un día a su casa con Laura y Elena también. Se puso muy contenta por mi idea y me dijo que “me tomaba la palabra”.

Mike al final vino. Con el pelo teñido de negro y con su camiseta de los Ramones dos tallas más pequeñas que a mí siempre me había gustado tanto. No me lo dijo, pero yo sabía que estábamos de luto. Se había ido a comer con el camarero de un restaurante italiano al que solíamos ir y al que yo sabía que ya le había echado el ojo y aunque quiso liarse con él el recuerdo de Antonio se lo impidió, consiguiendo solamente una pseudo borrachera que lo llevó a la primera peluquería que encontró para cambiarse el look. Yo lo encontré guapísimo y así se lo hice saber. Él tan presumido como siempre se miró como el que no quiere la cosa en el cristal de la ventana mientras encendía un cigarrillo con la misma libertad que el que está en su propia casa.

Hablamos de su ruptura. Fue trágica como han sido pocas. Platos contra el suelo incluidos. Antonio no había conocido a nadie pero se había desenamorado. O al menos ya no estaba seguro de sus sentimientos y no quería prolongar algo que no estaba seguro de querer. Le contó la típica historia tan antigua como inservible de que había sido muy feliz a su lado, que sabía perfectamente lo que estaba perdiendo y que le gustaría seguir siendo al menos su amigo. Como era de esperar, un Mike entre herido y furioso lo obligó a levantarse de SU sofá y a desaparecer de SU casa.

A día de ayer ya había borrado su número de la agenda y ya solo faltaba borrarlo de su corazón, juramos no volver a nombrarlo (como a tantos otros más…la lista de los innombrables ya os digo que es superior a la gente que todavía podemos llamar por su nombre) y que como siempre esta iba a ser la última vez que fuese tan tonto, que a él ya no lo engaña ni Dios, que iban a pasar años hasta que tuviese otra relación seria…y más cosas del amor.

Resultaba cómico verlo tan encendido y vehemente. Tenía la facultad de contar sus penas como si fuesen ajenas e incluso hacerlo en clave de humor. Teatralizaba las escenas y las voces de las personas que iban interviniendo en la acción haciéndote sentir un testigo presencial de los hechos para que puedas juzgar y mostrar tu apoyo a un interlocutor u otro estando segura de tu decisión.

Finalmente nos hicimos fotos y pasamos así la tarde. Algunas posando (las que iba a utilizar para su perfil en el chat), y otras haciendo carazas  e imitando escenas de películas.

Ahora os dejo con Lolita de Nabokov y con la maravillosa descripción que el protagonista hace de ella  y que la primera vez que la leí me hizo pensar en mi Lola, tan guapa y refinada, y ahora solo me hace pensar en Carlos y en las ganas que he tenido durante toda la mañana que he pasado en el trabajo de enviarle este fragmento que me duele y me encanta a partes iguales. Personaje al que odié un millón de veces por lo patético de su actuación, por lo delictivo de sus actos y por la perversión de la novela en sí. Personaje (Humbert Humbert) al que ahora entiendo (que me perdone el mundo), porque el amor lo consigue todo:

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: La punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.

Era Lo, sencillamente. Lo por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita”

Al final del túnel

Al final del túnel

La primera sensación que tuve al entrar a su casa es la de estar dentro de una pintura de Caravaggio. Sombras oscurecidas y objetos de pronto potentemente iluminados por ejes de luz. Todo allí me trasladaba al Barroco, a lo artístico, a la sensación de tener cantidades innumerables de euros invertidos en muebles, paredes, cuadros, lámparas y en la distribución del piso en general.

Una vez leí que nuestra casa es el reflejo de lo que somos, de la verdadera esencia del alma de cada persona. De lo que uno es y no siempre quiere reflejar. Pues si eso es cierto, no sabría que pensar de él. Si alguien me hubiese preguntado antes de ir allí por primera vez (la noche cuando lo conocí) como sería su piso, hubiese dicho que funcional. Precioso, enorme y con gusto, pero simplista, fácil de habitar. Evidentemente me equivoqué. Más bien lo definiría como todo lo contrario. Entre esas paredes imperaba el énfasis, la abundancia y la ornamentación. Convirtiéndose en un espacio caprichoso a mis ojos, excesivo, superlativo y creado a su gusto desde la absoluta nada. Volvió a impresionarme su magnitud, iluminación y ese olor más bien propio de un museo que de un hogar. ¡Qué pequeña me sentía entre tanta grandeza! Entre esas piezas traídas de todas las partes del mundo exclusivamente para colgar de unas paredes y ser contempladas mientras ves por ejemplo, la televisión.

Os diré que sin ser necesario profundizar demasiado este chico y yo no tenemos nada que ver. Se le ve alguien experimentado, con muchos viajes y conocimientos de otras culturas a sus espaldas, que odia la rutina y que prueba de todo un poco. Uno de esos tíos que hace lo que les da la gana sin ningún tipo de remordimientos. Que son simpáticos y alegres y que parecen tenerlo todo.

Todo el tiempo que estuve a su lado no dejé de preguntarme qué le llevaría a llamarme. Pude haberle hecho ser partícipe de mi duda, pero preferí callarme. Entre otras cosas porque siempre me quedaría la consabida incertidumbre de si me habría sido totalmente sincero y para eso, mejor no decir nada e intentar aparentar que el hecho de estar a solas con él en su casa, mirándonos a los ojos era algo intrascendental en mi vida, algo que hago con él pero que podría estar haciendo con otro sintiendo precisamente lo mismo.

Ahora, y como suele decirse a toro pasao, creo que uno de mis grandes errores con él es precisamente esa frivolidad absurda que envuelve mi existencia cuando lo tengo cerca. Os doy mi palabra que no es algo que haga aposta, es que me sale sin yo querer. Es tanto lo mucho que me impresiona que cuando estoy a su lado pierdo el norte inevitablemente. Me descubro a mí misma haciendo afirmaciones categóricas sobre temas que no tengo ni si quiera meditados, sonrío de una manera impropia y digo y hago cosas que no diría ni haría en un “estado normal”. ¿Esto es ese amor verdadero que la gente tanto ansía encontrar? Espero con todas mis fuerzas que no. Porque esto, más que calma, paz y felicidad a mí me lleva a un estado catatónico en el que solo me limito a sentir y a intentar (inconscientemente) aparentar ser una persona que no tengo claro ser. ¿Soy tan rara como creo?

Hablamos durante horas de cosas que no sé si objetivamente o no a mí me parecieron interesantísimas. Sacó un álbum de fotos de una especie de baúl gigante y me enseñó algunos recuerdos de su infancia y adolescencia. Vi por el tono que empleaba cierta nostalgia de todo aquello. Mientras teorizábamos sobre el mundo y lo que nos gustaría probar o hacer me tomó de la mano, me miró muy fijamente y me dijo:

“Eres increíble. Lo supe desde que hablé contigo en eso baños el año pasado”.

Me solté de su mano y traté de encontrar algo ocurrente para decir sin que fuese ese estúpido “Tú también” tan cursi como socorrido, pero como no encontré nada a la altura de mis sentimientos, sonreí. Le sonreí y le acaricié la cara como una madre le haría a su hijo en señal de ternura. Después de eso me besó. Fue un beso eléctrico, pasional, nada parecido a la atmósfera que hasta entonces teníamos creada en aquel salón de dimensiones desorbitadas. Fue uno de esos besos volcánicos, de película, de esos que ejercen una fuerza que parece sustituir a la gravedad. Largo, de los que te alejan del mundo y te cargan de deseo, de energía, de todo lo estimulante de la tierra.

A ese beso le siguieron muchos, muchísimos. Y as esos muchos les acompañó un sexo salvaje, furioso y verdaderamente sobrecogedor. Lloré. Lloré ahí mismo sin poder parar mi llanto. Lágrimas silenciosas, espontaneas y de felicidad. Gracias a la vida porque no se diera cuenta. Nos abrazamos mientras una voz en mi interior gritaba ¡lo quieres, díselo. Dile todo lo que lo quieres! A punto estuve de hacerlo cuando recordé el fragmento del libro de La insoportable levedad del ser en que se dice que los amores son como los imperios: cuando desaparece la idea sobre la cual han sido construidos, perecen ellos también. Y yo no podía ni en ese instante ni ahora soportar la idea de que ese imperio se derrumbara. Yo quería y quiero seguir haciéndolo crecer, así que busqué mi ropa, me levanté de la cama, me vestí, me recompuse y me largué de esa casa mientras él dormía ajeno a la vorágine que había en mí. Cuando estaba a punto de cruzar la puerta me detuve para escribirle una nota:

“Ha sido la mejor noche de mi vida. Me voy, quiero recordarte profundo y misterioso”

Llegué a mi casa más rápido que si volara y más feliz de lo que recuerdo haber estado nunca. Eran las 06.10, me desvestí de nuevo y me metí en la cama. Hice memoria de todo lo que había pasado durante el fin de semana y expresé en voz alta y sin sentirme ridícula por hablar sola la suerte que tenía. No ya solamente por lo de Carlos, si no porque el destino haya puesto gente tan maravillosa en mi camino. Porque Marga está bien (aunque ahora empiece para ella un tratamiento muy duro) y porque el universo lleve su curso efímero y opaco. Miré la luna tapada desde la cama a través de la ventana y pensé en la abrumadora idea que desde pequeña me saca de quicio; esa misma luna bañaba todas nuestras casas, nuestras emociones y todas las superficies del mundo. Era la misma que me calmaba a mí y la que seguramente contemplaba el desasosiego de Mike, la que veía inmóvil como su amor se derrumbaba sin dejar ni un solo cimiento sano y salvo, la que se mantenía fija mientras él se deshacía en busca de fallos, de explicaciones, de motivos que lograran dejarlo al fin dormir tranquilo.

Vi que la noche de Mike había sido dura porque su última conexión en whatsapp acababa de ser hacía apenas cinco minutos, así que pude imaginarme que la cosa no habría salido bien, que Antonio se habría ido y que de nuevo estaría solo, reconstruyéndose y mirando al frente, porque él nunca se permitía la compasión, ni si quiera la de sí mismo. En esos momentos estaría llorando, es posible, pero  ya está. Cuando al día siguiente pusiera un pie en el suelo sabría que todo ya formaba parte del recuerdo y que como agua pasada no mueve molinos, había  que ducharse, tirar todas las fotos, deshacerse de mensajes, recuerdos y otras melancolías.

Y es que como dice Joaquín Sabina:

 Lo peor del amor cuando termina
son las habitaciones ventiladas,
el puré de reproches con sardinas,
las golondrinas muertas en la almohada.

Lo malo del después son los despojos
que embalsaman al humo de los sueños,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole sin dueño.

Lo más ingrato es encalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a la hoguera los archivos.

Lo peor del amor es cuando pasa,
cuando al punto final de los finales
no le quedan dos puntos suspensivos…

 Con esta poesía os dejo, mañana volveré para contaros más cosas.

¡Pasad un feliz día!

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